Eran las dos y media de la madrugada y vos me dijiste que ya era tarde para cambiar lo mal que nos habíamos hecho, que vos eras así, que no podías cambiar (¿cuándo te pedi que lo hicieras?), que creíste realmente que era el amor de tu vida pero que no, que el amor es parte de la vida pero que vos no, que de tu parte ya no había más.
Eran las tres cuando vos te fuiste, cuando dejaste todo este desorden acá... acá adentro, muy dentro mío, y por fuera también. Y me trajiste noches sin dormir, noches de carilinas llenas de mocos -o eso que es como agua- y ganas de llorar hasta que el lagrimal ya no pueda servirme de más lágrimas, noches de dormirme con ese "nudo" en la garganta que no se va, que se quiere quedar y se queda, y que quizás le quede cómodo estar, se acostumbre y después le cueste irse. Pero a vos no te costó irte, ¿no?
Cada tanto, algunas noches me despierto entre las siete y ocho de la mañana, jueves o viernes normalmente, no sé por qué esos días pero me despertaba, me hacía un café, prendía la compu, y me sentaba. No hacía nada en especial, es decir, miraba páginas, leía cosas, pasaba el tiempo y ahí estabas, de nuevo. Te pensaba. Pensaba en cómo, por qué, en que yo con vos quería todo, yo con vos me imaginaba todo. Yo con vos quería perro, casa, auto, hijos, libros, todo. Todo quería con vos. Y sí, bueno, me solía pasar con otros chicos pero con vos más, con vos de verdad. A mí me bastaba tu sonrisa y tus ojos que se achinaban cuando me sonrías, que me sonrías me bastaba y era feliz, que me digas que no sabías si ibas a lograr no extrañarme cuando te fueras a trabajar porque no podías hacer otra cosa que pensar en mí. Y que me amabas. Mucho.
Lo decías. "Te amo, sabes?".
Y después me acostaba, sin más fuerzas, pidiendo por favor que pase todo esto rápido, y ahí de nuevo, dejaba pasar las horas.
Eran las nueve, las diez, las catorce, las veinte, las doce, la una, las cuatro de la mañana. Cuatro de la mañana. Si estaba durmiendo, me despertaba llorando, sino simplemente llegaba esa hora y lloraba. Simplemente llegaba y lloraba.
Como si tu presencia inundara todo este cuarto desierto de vos; pero presente en mí. Preguntas.
¿Y cómo hacés para hacer todo tan fácil? ¿Para irte, así, sin más?
¿Eventualmente pensás en mí? ¿Me extrañas? ¿Cómo hiciste para que tanto amor se te escape de adentro?
¿Y cuántas noches más te voy a llorar? ¿Y cuánto más me vas a doler? ¿Y cuándo te voy a dejar de querer? ¿Te voy a dejar de querer? ¿Se puede dejar de querer? ¿Cómo hiciste vos?
Pasan las horas, y los días, los meses y todavía dolés.
¿Por qué no hiciste nada por nosotros? ¿No ves todo el amor que nos quedaba para dar(nos)?
Me dejaste con un vacío, y la peor elección de mi vida, que es no poder elegir. Que es estar triste. Y sola (y que no te importe).
Y cómo duele, la puta madre. Como dolés, clavado acá.
Y que ni todas las horas del mundo borren tu nombre de mi corazón.