16 diciembre, 2016

Parque de diversiones

Cuando era chiquita tenía miedo a los juegos donde había que trepar. Me daba terror por ejemplo subirme a esos juegos donde tienen una escalera en horizontal y vos tenes que ir pasando mano a mano hasta llegar al otro lado. Pánico. No podía, simplemente no podía.
Quizás porque me costaba bajar la mirada y ver que abajo, entre mis pies y el suelo, había una gran distancia y que si me caía de ahí, me iba a doler.

Los castillos para subirse, treparse y subir y bajar también, eran otra cosa que odiaba y me daba miedo. Una vez, en unas vacaciones, les pedí a mis papas que me llevaran a los juegos y insistí en subirme a uno de esos castillos, uno bien alto, bien grande y lleno de nenes. No llegue hasta la mitad de la altura que le pedi, le rogue a mi mama, que me bajara de ahí.

¿Qué era lo que me daba miedo? ¿Lastimarme? ¿Caerme y quedarme sola? ¿El dolor? ¿Que mis papas se vayan y me dejen ahí, en ese castillito, para siempre? No sé.
Pero eso hizo que no pise un parque de diversiones hasta casi los veinte cuando unos amigos me dijeron (casi que me obligaron a) "Vamos al Parque de la Costa!".
Unos años antes, tan solo pensaba que ese lugar quedaba en la costa porque por qué se llamaría 'de la Costa' si está en otro lado donde no hay Costa ¿no?
El asunto es que no, y que el Parque de la Costa es un parque gigante gigante gigante lleno de gente y juegos que esta en Tigre, Provincia de Buenos Aires.
Entramos y lo primero que vimos es un lugar donde la gente se saca fotos al entrar, pero yo vi un poco más allá y vi un juego que es como una O con unos asientos y esos asientos giraban lentamente durante unos cuantos minutos. Vi que justo, justo cuando estaba mirando, el juego se detuvo y esas personas, las que estaban en el juego, estuvieron estancadas en el juego durante varios minutos.
Cuánto miedo habrán sentido, y cuánto miedo sentiría yo de haber estado en ese juego, de nunca más bajar. Mire bien en la punta, allá por el cielo, y vi que había una pareja y un nene y su madre y le dije a un amigo: "Qué linda manera de arrancar el día si te subís a ese juego y te pasas toda la tarde ahí arriba mirando al suelo queriéndote morir porque estas re lejos y pagaste un montón para quedarte en el mismo lugar toda la tarde". Mi amigo sonrío.
Corro la vista de ese juego, y veo otro, donde dos personas con seguridad se tiran como de paracaídas y se hamacan. ¿En serio la gente es tan valiente? -pensé -O ¿yo soy muy cagona?
Y si comiste antes preparate, porque lindo va a ser lo que va a pasar después.

Por el tipo de entradas -las más barata, obvio- que sacamos solo podíamos ir a unos pocos juegos. Zamba, sillas voladoras y alguno más. No incluía ninguna montaña rusa ni ningún juego de esos que te querés morir de lo rápido que va. Agradecida, yo.
-Me puedo llegar a morir si me subo a unas de esas montañas -le digo a uno de mis amigos mirando las montañas rusas gigantes.
-Ah, no seas exagerada, ¿queres? No es para tanto.
-No, boludo, en serio. Pánico.

Tiempo después, volvimos a ir y pagamos el boleto siguiente en precio al que habíamos comprado que incluía alguna de las montañas rusas, los barquitos donde te mojabas un montón y esas cosas.
Mis amigos, por supuesto, optaron por ir a la montaña rusa. Entre la fila que había y como iba viendo que la gente gritaba sentía como si mi alma quisiera salir corriendo pero mi cuerpo igual seguía ahí. Pasaron dos horas de fila -sí, dos horas de fila- y nos tocó a nosotros.
Éramos cuatro: 2 en unos asientos y 2 en otros. Miedo.
Terminó y me di cuenta que ya no tenía más miedo porque de hecho: ¡me encantó!
-Otra vez, dale, otra vez!
-No, para emoción vamos a otro juego y después volvemos.

(Igual era de las más bajitas, de las más cercanas al suelo. Porque sí, no tenemos tanta plata y la idea era pasarla bien. Y no, no soy tampoco tan valiente).

Uno de esos otros juegos fueron las sillas voladoras, me encantaban.
Podía pasarme una vida entera subiéndome a esas sillitas. Sentía cómo recuperaba toda una infancia que casi no había tenido por miedo a lastimarme.


Es que así somos las personas, ¿no?
No nos animamos a vivir las cosas desconocidas, las que nos dan miedo, las que nos dan un grado de desconfianza, las que quizás nos acercan a lo que no podemos manejar, no queremos lastimarnos ni queremos arriesgarnos a nada que nos lastime.
Nos queremos con los pies en la Tierra, bien enteritos, confiados de que todo va a estar bien porque para qué arriesgarse.
Así es el amor también. Como los parques de diversiones.
Te da miedo acercarte, ves como te puede llenar de un montón de sensaciones diferentes y aún así cómo todas esas sensaciones pueden llenarte de alegría.
Te animas a jugar con las reglas del juego.
"El que se enganche primero pierde". Perdés seguido te decís.
Pero, ojo, se juega con el amor.
No con las personas.
Y nos enteramos tarde, cuando ya estamos lastimados.
O cuando ya lastimamos a alguien más.

"El amor es como los parques de diversiones", aseguro ahora.
A veces salís lastimado.
Y ese es un precio que tenés que pagar.

Por estar vivo,
por animarte a sentir.
Por ser libre.

08 noviembre, 2016

Las horas más felices

Siento que la vida es un cuento que uno escribe a medida que lo pasa, no de esos cuentos que te dicen que vas a ser feliz (para) siempre en tu vida y que todo va a ser hermoso, sino de esas cosas que transitas, que elegís hacer en tu vida y vas escribiendo vos mismo.
Digo, no existe mejor destino que el que uno mismo se fabrica.
Cada uno elige qué hacer, cuándo y cómo y hay que elegir bien. Es difícil pero es un lindo desafío.

Yo siento que yo estoy escribiendo mal mi historia.
Siento que las hojas en donde la quiero escribir no sirven, la lapicera no tiene tinta y que todas las decisiones que elijo tomar resultar ser incorrectas, complicadas o frustrantes.
Siento que me elijo las opciones en donde más sufro porque sufrir para mi es como lo único que me sale (bien). Wow, qué depresivo sonó eso.

Pero cierto.
¿Nunca pensaste cuántas decisiones de las que tomaste en tu vida te hicieron realmente sentir feliz? Yo sí. Y realmente no puedo decir ninguna pero sí muy pocas.

Y enamorarme de vos no fue una, pero ojalá pudiera decir que fue una decisión y pudiera echarle la culpa a mis malas elecciones, mala suerte o algo así.

El amor es eso que aparece de la nada y te sacude fuerte la cabeza y te inyecta como esas pequeñas dosis de lo que después vas a padecer: enamorarte de quien no tendrías que. 
Como si uno pudiera elegir, ¿no?
"Mejor no me enamoro de vos".
"De vos sí me voy a enamorar".
Me enamoré de vos y ojalá pudiese decir que fue lo mejor que me pasó en la vida pero al parecer esta es otra de las cosas en las que no sé elegir: el amor.
Entender que el amor no es una decisión que se toma es lo que más me costó.

Los modelos de amor que me enseñaron son modelos que fallaron tanto pero tanto que lo único que me trajo son frustraciones y lagrimas.

Gusto de vos como todas las chicas que gustamos de vos porque sí, porque un montón de chicas gustamos de vos. Igual yo soy la que más tiempo y la que más gusta de vos.

Entender que el amor no se trata quién quiere más a quién y más tiempo, y que nadie quiere de igual manera que otro también fue otra de las cosas que me costó.

Gustar de vos fue tan fácil y tan incorrecto que no puedo encontrar un culpable más que mi corazóncito loco al que le pareció que romperme el corazón sea, de las malas decisiones o elecciones que siempre tomo, la más eficaz cada vez.

Sos el tipo de pibe que te advierten que 'ojo con este pibe, no te ilusiones', y ahí estoy yo, ilusionándome.

Te conocí y supe que me iba a arrepentir si te llegaba a querer y sí, mirá, mirá cómo me arrepiento.
Pegamos onda enseguida, nos tomamos un par de birras, charlamos y nos contamos de nuestras vidas, que qué haces, qué estudias, y dónde vivís, y de que laburás, y vivís muy lejos, ¿no queres venir a mi depto un rato para charlar más tranquilos?

Todos sabemos que significa charlar 'más tranquilos'. Los dos sabíamos qué significaba.
Significaba que, de ahí en adelante, la noche iba a ser perfecta.

Desde esa noche, y las siguientes, que intenté olvidarme el sabor de tus labios y lo suaves que son para besar, de tu perfume en la ropa, de tus abrazos por la cintura, de tu manía por atraparme con las piernas para que no me levante antes que vos y me puedas preparar el desayuno.
Era difícil ser la chica que gustaba de vos y que estaba con vos porque tenía la mirada de todas las demás como si estuvieran esperando el instante en que las cosas no funcionaran entre nosotros para recordarte que eso es, nosotras también, acá estamos, danos bola. Ella no es para vos.
Era difícil combatir los miedos de una chica insegura que la cabeza le decía que estaba con el chico que le gustaba pero que probablemente algo pasara porque nunca le salen las cosas bien o siempre pasa algo en la que, en su historia, ser feliz no es una opción.
Era difícil descubrir que era celosa cuando tenía ideas en la cabeza que me hacían entender que los celos son la forma de querer que está mal y que ninguna relación podría funcionar si estabas haciéndole planteamientos innecesarios a la persona que estaba con vos.
Era difícil llevarlo a la realidad porque vos te alejabas un poquito hacia allá y las nubes negras de pensamientos inundaban un montón mi cabeza, encharcaban un montón el piso y después cuando te acercabas hacía acá, con tu sonrisa y tus ojos; tus lindos ojos, todo pasaba. Todo estaba bien.

Intenté mucho tiempo, en vano, no enamorarme de vos.

Creo que no sé querer, o quiero mal. Y lo entendí con vos.
Lo nuestro funcionó y dejó de funcionar; y no supe cuando pasó.
Pasamos de estar noches abrazados leyendo un libro, mirando una serie o estudiando a no hablarnos porque terminaba llorando pidiéndote que por favor, dale, intentemos querernos mejor, más sanamente, que dale si podemos, que dale no te voy a exigir formalizar nada, dale por favor no te vayas Rodrigo.

Las noches siguientes que entendí que dejaste de quererme fueron eternas, duras y eternas, de repente era una persona llorando porque el chico que le gustaba y que nunca le había prometido nada, decidió enamorarse de alguien más.
De repente era una chica que evitaba las calles en donde solíamos ir, los lugares en donde solíamos encontrarnos, los amigos que nos hicimos en común; solo por no verte, para no verte con ella.
De repente era una persona que sentía que no sabía qué hacer con todo ese amor que había canalizado en una sola persona.
Te quise tanto que pensé que agoté las formas de querer y que nunca podría volver a ser así a nadie más. Te quise tanto que esperaba dormirme para poder quererte menos.


Las horas más felices las pasé a tu lado,
y ojalá tuviera la forma de volver atrás,
para quererte bien, para quererte mejor.

Y que estés acá.

11 octubre, 2016

Amar (tan) mal es permitir que se vuelva tóxico

Escribo este e-mail respirando por la boca, porque la nariz la tengo tapada. Estoy acostada y probablemente me haya subido la fiebre a 39°C de nuevo porque así fueron estos días en que lo único que hice es comer puré y hacerme nebulizaciones. Y estoy acá escribiendo esto, esto que tengo que decírtelo.

Mirá, Manuel, traté de ser comprensiva con vos con todo lo que pasaste y con todas las idas y venidas. Traté de entender que te lastimaron y que no querés salir lastimado otra vez. Traté de comprender que tus celos son una muestra más de las heridas que te dejaron en lo profundo de tu alma. Traté de demostrarte todo lo que te amo y lo dispuesta que estoy a hacerte feliz.
Pero yo no puedo amarte por vos, ni puedo ser feliz por vos. Nadie más que vos es capaz de elegir hasta cuándo va a permitir que la cabeza decida lo que tiene que decidir el corazón.

Yo no me merezco que me ames a medias.

Entiendo que probablemente esto sea una forma de desbloquear un nuevo nivel de inseguridades en vos, que seguramente esto te hace pensar que quizás es solo una excusa todo esto para ponerle un fin porque "vos no me querés" como me has dicho en reiteradas ocasiones pero no, es simplemente que yo no puedo amarte y que vos estés midiendo hasta cuando te entregas.

Cuando te conocí eras un chico que era inseguro, un poco tímido pero que te dejabas llevar por lo que te pasaba (en ese momento y siempre), te reías y no te importaba nada más que pasarla bien. Empezamos a salir y cambiaste.
Te volviste mas obsesivo, más celoso, más inseguro, más posesivo, más calculador o pensativo, no sé, empezaste a sentirte y hacerme sentir incómoda a mí cuando armaba planes con amigos para que te conozcan, me mirabas todo el tiempo a ver qué hacía, y te notaba midiendo hasta cuándo estaba bien entregarte y amar, por si salías lastimado.

Y yo simplemente no quiero eso para mí. Nadie quiere ni merece eso.

Como bien sabés, salí de una relación en la que todo el tiempo esas cosas estaban presentes: me llamaba todo el tiempo, si tardaba en contestar o si de repente estaba en línea hablando con alguna amiga tenía que lidiar con que minutos después me iba a pedir explicaciones de por qué estaba en linea o por qué no le contestaba, me controlaba todo el tiempo, me decía cómo vestirme, me alejé de mucha gente por él, de muchos amigos. Hasta de mi propia familia.
Llegué al punto de ceder porque pensaba que así demostraba mi amor hasta no poder más, darme cuenta que eso no era ni tenía que ser así y pedirle que por favor terminemos ahí, y solo fue peor, sabés como funciona: "si me dejas me mato", "no me dejes", "vos sos mía y de nadie más". Hasta que amenazó con pegarme.
Fue ahí cuando decidí pedir ayuda y salí de ahí, de toda esa toxicidad que me estaba haciendo mierda por dentro, que ya lo había hecho.
Sé como se sale de una relación en la que sufrís porque yo sufrí más que nadie en esa relacion, me quedaron miedos y desconfiaba de cada pibe que a lo mejor lo unico que quería es un par de birras conmigo, mucho tiempo deje de salir con pibes que me gustaban por miedo a.
Pero salí, lo superé porque se supera, y volví a confiar cuando te conocí a vos pero en vos veo otra vez síntomas de lo que ya viví y no quiero volver a vivir NUNCA MÁS.
Es que simplemente es como si me saltara un cartelito que me dijera "esto está mal". Vivo en un estado alerta que me avisa de las cosas que simplemente están mal y son inaceptables.
Y esto está mal. Vos estás mal.


Sé que vos no sos así, sé que vos te la jugas porque te la jugaste cuando me viste sola en el bar y me invitaste a tomar algo, me insististe y me juraste que nunca serías capaz de lastimarme. Recuerdo de hecho tus palabras: "mirá, no sé que te habrán hecho pero te prometo que yo no te quiero lastimar, solo quiero tomar una birra con vos, me dejas?". Me miraste y entendí que estaba todo bien.
Tiempo después empezamos a salir y una vez con la suficiente confianza y paz que sentía con vos, elegí contarte lo que pasé, frágil y con miedo a seguir rompiéndome, te escuché nuevamente cuando decías: "te prometo que nunca te voy a lastimar, conmigo estás a salvo siempre". Tenías la capacidad de tener las palabras justas en el momento necesario.

Confié en vos todo este tiempo y en cada beso que me volvías a repetir cuánto me amas, esperaba que fuera de la manera más pura y tierna, que sepas que podemos ser felices en tanto lo queramos, que veas que los miedos no te tienen que encerrar. Que el sol brilla por más que lo intentes tapar, permitite que te ilumine. Estás perdiéndote cosas realmente lindas por aferrarte a cosas realmente feas.

Está en vos decidir qué hacer, yo así no quiero más Manu. Probablemente lo mejor que podés hacer es empezar terapia. Sabés que creo que siempre uno puede confiar en el otro pero el otro no tiene por qué aguantar tus miedos, inseguridades y ataques de celos. Controlar a alguien ya no cabe en la justificación de que es por amor.
No está bien, no es normal y es mentira que alguien que cela o controla es porque ama.
El que cela no ama, el que controla tampoco y lo sabés bien.

Sé que vos me amas y me podés amar de una manera sana, y por eso te pido que pienses bien sobre todo esto, esta relación.

Amás pero amás mal. Y a mí no me sirve así.

Por el momento elijo dar por finalizado esto, realmente me duele y no es fácil pero no quiero vivir más con miedo a repetir la historia anterior y con vos últimamente siento eso.
Tomate tu tiempo para pensar, procesar y entender todo lo que te dije. No me llames, ni me escribas hasta entonces.

Espero que entiendas.
Simplemente no me merezco un amor que no termina de ser por miedo. No me merezco ser amada en cuotas, a medias, en puchitos. No me merezco un amor tóxico que me enferma cada día un poquito más. Porque yo te amo con las ganas de amar que tiene alguien a quien nunca lastimaron como me lastimaron a mí. Te amo con los miedos y las inseguridades de volver a sufrir lo mismo pero con la seguridad de que con vos puedo estar a salvo de todo mal. Así me sentía en un principio, así quiero sentirme ahora.
Es que ya no me siento más cuidada, me siento controlada, oprimida, y simplemente no puedo seguir.

Te amo, y no te pido nada ni te pregunto ni te cuestiono tus decisiones ni te aparto de tu gente.
No lo hagas conmigo si sentís lo mismo porque de eso se trata el amor
(ese que nos juramos el día que nos pusimos de novios).

Estaré esperando tu respuesta,

Tamara.

21 septiembre, 2016

Esos abrazos que curan el alma.

Me tomé el colectivo que me llevaría al trabajo y subí otra vez un poco enojada porque no tenía de los asientos de atrás de a uno, que son los asientos donde me gusta sentarme. Siento que tengo mejor visual, y que no molesto ni nadie me molesta a mí.
Eso es importante en cualquier día yendo a trabajar a las 8 am, es que nadie quiere ser molestado en lo posible porque nadie va con alegría y buena onda a trabajar. Nadie que no hace algo que quiere hacer, claro.

Y eso es un gran porcentaje de todos nosotros, porque, es obvio pero es difícil poder trabajar de lo que querés hoy.


En el viaje hacia mi trabajo, mientras puse la (poca pero necesaria) música que tenía en mi celular me puse a observar a la gente.

Había mucha gente, el colectivo cada vez se llenaba más. Gente grande que elegía los asientos que estaban en sentido contrario al movimiento del colectivo, de espaldas al chófer/colectivero. Nunca me puedo sentar ahí porque me mareo y me dan ganas de vomitar, y no entiendo cómo hay gente que los elige por voluntad propia pero.

Habia gente, decía, mucha gente. Un colectivo casi lleno, hombres y mujeres, alguna chica o chico adolescente, algún niño con uniforme de colegio, una pareja o dos de viejitos (uno de ellos quejándose de algo), una chica de unos 30 y pico de años que parecía querer estudiar pero no encontró asientos disponibles, gente que al ver el colectivo lleno elegía simplemente quedarse parada en el centro. Mujeres que se paraban al lado mio por la misma razón, en el único lugarcito libre que encontraron. Una chica que iba sentada, y otra que iba a su costado parada, que momentos después le tocó el hombro para saludarla porque al parecer la conocía, la chica que iba sentada parecía no querer saludarla y hacerlo solo por compromiso, porque no le quedaba otra.
Momentos después se paró y se bajó no antes sin que se dijera la típica frase forzada, no sentida ni buscada, de una de ellas "te escribo y arreglamos para encontrarnos! un gusto verte".

Y en eso vi a un hombre, que se subió cuando el colectivo iba mas despejado, menos gente y eligió ir en el centro del colectivo porque se bajaba enseguida, a lo mejor, o simplemente porque así lo quiso.
El hombre, momentos después estaba hablando por teléfono, no escuché la conversación porque la música estaba ocupando el lugar de mis oídos pero empezó a parecer alguien desesperado, alguien que estaba sufriendo con aquella conversación, alguien que recibía una noticia (o quizas una despedida) que no quería recibir, que no escuchaba lo que quería escuchar. La conversación duró apenas unos minutos, diez minutos como máximo.

El hombre corta el teléfono.

Yo seguí mirando con ganas de entender qué pasaba, buscando alguna explicación en su rostro, en sus movimientos, en sus manos, en algo que me explique qué es lo que le pasaba.

Momentos siguientes, el hombre empieza hacer el gesto de negación, esos gestos que hacemos cuando no querés creer o no podes entender algo que está pasando, y se larga a llorar.

Era un hombre grande, de unos seguro 60 años, frágil, llorando porque ya no podía contener su tristeza, sus lágrimas, porque no podía aguantar su angustia, porque le importaba muy poco la creencia estúpida de que los hombres no lloran, porque él era hombre y estaba llorando y sentía dolor. Y el dolor se expresa, tengas el sexo que tengas, por lo que sea y seas cómo seas.

Era un hombre frágil, roto por dentro en ese momento, tratando de entender una situación (que vaya a saber cuál era) que no podía entender.

Me quise imaginar distintas situaciones que podría estarle pasando, y la primera que se me vino a la mente es la muerte de algún ser querido, alguien que no esperaba que se fuera tan pronto. Porque, en realidad, nunca esperamos que se vaya nadie que queremos y siempre es demasiado pronto para que suceda tal cosa.

"Por qué justo a el/ella?" habrá pensando para sus adentros, mientras hacía el gesto de negación.
"No puedo creer, no aguanto más este nudo en la garganta" habrá pensado después, momentos antes de llorar.

O quizás se trataba una historia de amor que finalizó de alguna forma triste, quizás le rompieron el corazón, o lo dejaron, o lo reemplazaron, o quizás alguien lo estafó, quizás alguien querido lo traicionó. Tantas cosas podría ser que le pasaran a ese hombre que trataba de secarse las lágrimas pero le brotaban más.

Solemos pensar que entre las primeras cuestiones por las que alguien sufre, está el amor porque es una de las cosas principales por las que la gente llora, se desilusiona y se ilusiona nuevamente porque, aunque digamos que no, confiamos en que el amor está siempre y en todos lados. Y aún aunque pasen y pesen los años.

Y mientras tanto yo, ahí, con mi música abstraída pero bien despierta y consciente de que hay distintas situaciones, distintas personas, distintas historias, distintas formas de sentir y de vivir.

Estaba ahí, minúscula, en un mundo gigante de mil vueltas y de mil situaciones con millones de personas en el mundo, con unas cuántas en un colectivo yendo hacia un lugar donde iba siempre y observando una situación en particular, también minúscula pero que me marcó un poco el día, me angustió y me dio ganas de ayudar(lo).

"Y pensar que momentos antes cuando entré a este colectivo yo me estaba quejando por un asiento", pensé después, quejándome de mí misma. Nunca me detengo a observar, nadie lo hace, y el día que lo hago me doy cuenta de lo insignificante que pueden ser las pequeñas cosas de las que nos quejamos todos los días.

Y ahí estaba el hombre también, llorando con toda su angustia, con toda su tristeza, que ahora se bajó. Y yo quedé pensando en que, tal vez, lo único que necesitaba el hombre era un abrazo.


Porque a veces, solo a veces,
cuando las palabras sobran, cuando no es necesario decir nada,
un abrazo, 
en el momento preciso y de la persona que necesitamos, 
es lo que nos salva y nos llena un poquito el alma.

07 septiembre, 2016

Hija de padres separados

Soy hija de padres separados. Sabemos todos los hijos de padres separados qué significa serlo.
Es decir, nacemos y la primera muestra de amor que tenemos es a nuestros padres, llorando o no, juntos y dándose un beso como muestra del amor que se tienen (o eso es lo que nos muestran las peliculas y entonces creemos que siempre es así).
La primera prueba de un amor que no se quiere morir... Pero que, eventualmente, se muere.

Soy hija de padres separados y no fui al psicólogo para hablarlo, y no porque no 'crea' en psicólogos o porque no quiera contar lo que me significó, o porque a lo mejor me recuerde a una época muy infeliz de mi vida, simplemente lo maneje como pude y pude con eso. O quise convencerme de eso y pude. Pude aceptarlo, pude asumirlo, pude entender que en realidad es algo que pasa y las cosas que pasan pasan o no, y si no te pasan a la fuerza en definitiva duelen más. Que hay que saber frenar a tiempo en una historia en la que lastimas a alguien más porque algunas marcas no se borran aunque sepamos perdonar. Que la vida de cada uno es la vida de cada uno, y se hace lo que se puede.
O quizás queramos conformarnos con esa frase.

Soy hija de padres separados pero cuando era chiquita los tuve juntos, tuve la viva imagen de lo que era el amor que se tenían y me hacía bien saberlo. Jugaba a ser una princesa y tenía todo lo que tal tenía: coronita, vestido, escritorio con anillos y tacos de plástico, jugaba con las barbies, jugaba a tener hijos y un marido. Un príncipe azul que llegue y seamos felices para siempre. Y miraba todos los programas de Cris Morena.
Pero crecés y te das cuenta que no todo es un cuento de Disney, que aunque Cris diga que el amor es una magia y que las haditas esto u lo otro, en realidad no existen (tales) hadas ni principes (pero igual me permito contradecir a Floricienta y decir que los sueños sí existen aunque no viene al caso).
Que el dolor de separarte de alguien que amás pero que no, es punzante, fuerte, asfixiante y insoportable por momentos y que lo viví al crecer, enamorarme, apostar a una historia, no saber cómo manejar todo lo que me pasa, no sabía lo que era el amor.
No sabía lo que era llorar por amor hasta quedarte sin aire, y me pasó.

Pero qué egoísta y cruel aquel que sigue al lado de una persona sin pensar que con cada palabra, cada gesto, cada acción que hace (o que no hace) lastima. Hay que ser muy egoísta para no darle la oportunidad a quien más te amó de saber dejarte ir, y en cambio irse de pronto, así como así, "porque ya no te amo más", sin más explicaciones. Los amores de adolescentes son así.
(Algunos amores de grandes también).

Soy hija de padres separados y al ver que el amor no funcionaba de esa manera no desistí, no me rendí, no deje de sentir, no me volví una persona fría, no deje de llorar cuando lo sentía, no sentí que la vida era una mierda y que qué esperanza puedo tener yo cuando todos los modelos de amores que conozco fallaron y yo los ví fallar.

Soy hija de padres separados y la ultima vez que aposté al amor y me enganche un chico me dejó diciéndome que en realidad no buscaba algo serio y que quizás él no podía ocupar el lugar que yo quería ni darme lo que yo quería, que 'no es de relaciones serias'.
Todo esto por querer saber exactamente qué lugar estaba ocupando en su vida. Por la exactamente tan dificil para algunos de responder "qué somos exactamente?". Porque yo necesito saber eso en una eventual, casual y nueva historia. Y no sé qué tanto problema con eso.

Soy hija de padres separados y, eventualmente, espero volver a sentir la esperanza de que gustar de alguien, enamorarme, pensar en él y apostar por lo que me pasa vale la pena, sin miedos ni inseguridades ni preocupaciones que me boicoteen cada vez.

Soy hija de padres separados y pienso que el amor existe, que el problema no está en el amor.
Que el amor es un sentimiento y como todo sentimiento nace y muere sin poder tomar conciencia de ello. Pero qué aburrido sería si se pudiera.

Vamos por la vida creyendo que el amor es uno solo, que nunca más nunca más nunca más y, en lo que dura un parpadeo, estamos volviendo a confíar en que podemos con alguien más.

El problema -repito- no es el amor.
El problema es que no sabemos amar.

Y nadie nos enseña a hacerlo. Lo hacemos solos.
Como todo, al final.

Y mejor.

Y entonces, la clave es: 

NO
DEJAR
DE 
INTENTARLO.


06 agosto, 2016

Que me pase a mi, una vez más

A quien corresponda:

Quiero poder escribirte cartas de amor, ¿sabes?
Cartas de amor, o no. Simplemente escribirte.
(Hace tiempo que no escribo para).

Y a veces me pregunto cuánto tiempo más va a pasar hasta el día que, finalmente, te encuentre en alguna parte.
Es que la realidad es que te busco, te busco y te sigo buscando pero no estás, no apareces, no te encuentro en otras caras, ni en otros lados, ni intentando ocupar mi cabeza en obligaciones o actividades con la idea de apartar el hecho de que estuve, estoy y seguiré estando -hasta que finalmente aparezcas- sola.

No quiero estar más sola ¿sabes?

Es que es tan difícil confiar en el amor cuando a vos no te pasa.
Y ves que de pronto tu amiga/o que estuvo soltera/o años y años se pone de novia/o, que está feliz y se le nota en la mirada, en la sonrisa, en la forma de contarte cada cosa que les pasa.
Y ¡eu, sí! qué lindo, me pone feliz que mis amigas o amigos estén bien con alguien que los cuide y quiera pero quiero que me pase a mí también, y ¿por qué no me pasa?
Es que no lo siento y eventualmente me cansa ser siempre la espectadora de las historias de amor.
Me canso de aconsejar, de ayudar a otros cuando están mal o sienten que no funciona o lo que sea, y me canso de la gente que quiere mostrar cuánto se ama y todo todo lo feliz que es en toda red social existente. Me cansa y no es envidia, no es resentimiento, no es bronca.
Es que no-me-pasa.

Y quiero que me pase, alguna vez.
Otra vez.

Me enamoré, sí, por supuesto.
Y me enganché.
Y me la jugué por amor varias veces.
Y no pasó nada.

Quiero que (me) pase algo,
Dale, aparecé por favor.

No me importa si te llamas Juan, José, Ramiro, Ariel, Esteban o Agustín o qué sé yo cómo. O si estudias, o si tenes alguna pasión o si sos del equipo contrario al que soy yo.

Aparecé para sacarme una sonrisa cada vez que miro al celular.
Aparecé para que mis insomnios (o lo que siempre llamamos insomnio y en realidad es falta de sueño, estrés o que dormiste tres horas de siesta) tengan una razón más de ser cuando me encuentre pensando en vos.
Aparece para volver a tener la sensación que te queda de estar besándote cuando ya te hayas ido y esa sensación linda que te da el amor en la panza. Esos nervios previos a verte. Esa complicidad. Esas sonrisas sin sentido ni motivo aparente. Esas miradas cómplices. Esas esperas (que parecen eternas) a alguna respuesta importante.
Aparece para sentir que me chupa un huevo si la idea de completud no existe en el amor (o no debería), para que decirme que soy re celosa y me tengo que calmar, para ayudarme a confiar de vuelta, para mirarme con cara de que estoy re loca, para reírnos a carcajadas, para que (aunque suena extremadamente cursi y de primer amor) cuando hagamos el amor sienta que nos amamos, para mirar series o armar planes en grupos de amigos y/o solos, para discutir cuando me lleves la contra en algo que considere importante o que tengo razón o enojarme si algo no me gusta.
Aparecé y hagámonos bien.

Ni siquiera digo felices porque no tenes por qué cargar con la obligación de hacerme feliz y la felicidad depende de otras cosas y tiene otros factores implicados; simplemente hacernos bien.
Estar bien. Juntos.
Querernos, pensarnos, buscarnos y encontrarnos.

Quiero que me pase a mí (una vez más) y que al hablar de vos una sonrisa se asome, y contarle a mis amigas de vos y armar todo un debate que gire entorno a qué hago o qué te digo.
Quiero que me pase a mí y animarme a sentir sin miedo a que me rompan en pedacitos el alma.
Quiero sentir que nunca nadie me rompió el corazón y que vos nunca lo vas a hacer.
(Y olvidarme que no creo en los nunca o en los siempre).


Quiero volver a amar desmedidamente.
Así, como supe amar alguna vez.
y sentir que valió la pena esperar(te).


Dale.
Que no me gusta esperar 
pero igual, 
te espero.

05 julio, 2016

Hay que bancarse sentir.

A veces siento que mientras más pasan los años más difícil se me hace entender cómo funcionan las cosas, cómo funciona el amor, las personas, el día, la noche, la rutina y las obligaciones, pasa el tiempo y sigo buscando algo que todos los días me cambie la vida y ese algo no llega. Digo, tengo un trabajo y estudio y siempre estoy haciendo algo nuevo, salgo con amigas, vamos a varios boliches por noche, y ninguna noche me cambió la vida.

Porque no puede cambiar la vida en una noche. Ni en un día, a veces ni siquiera cambia la vida en años, pero acá sigo queriendo eso que todavía no llega.

Nunca fui una piba con suerte en cuestiones de amor, digamos. Es que no sé, no soy una piba que se considere con suerte en nada en general y menos que menos en el amor, porque hay que bancársela para el amor, y yo como que no me banco mucho nada.

No me banco la dependencia de esperar la respuesta, no me banco extrañar todo el tiempo, no me banco el miedo de que me digan que en realidad no buscaban algo serio, que quizás es mejor que dejemos acá, que seguro yo necesito o busco otra cosa como si supieran qué necesito o busco, no me banco ponerle expectativas a nada ni planificar cosas que sé que seguramente no se van a cumplir, no me banco estar pendiente de cosas que antes ni siquiera me preocupaban: qué hará, dónde estará, me extrañara él, me estará pensando, sentirá lo mismo que siento yo, me estará usando para coger y después ya está, me quiere, me necesita, se hace todas estas preguntas, escribe pensando en mí, piensa en escribirme a horas de la madrugada?
No me banco enamorada, no me banco pero lo necesito.

Después veo a mis amigas con sus novios, parejas, concubinos, lo que mierda sean y me siento sola, pero no sola de lloro por las noches por no estar con alguien, sola de por qué yo no puedo tener eso, porque no puede haber alguien especial, por qué cuando miro a mi alrededor solo veo gente y más gente besándose y yo sola. La gente se quiere y nadie me quiere a mí, y no hay nadie que quiera yo.
Siempre dije que lo peor que te puede pasar no es que te rompan el corazón ni que se vayan con otra, lo peor que te puede pasar es que ese alguien no exista, que no te rompa el corazón ni se vaya con nadie porque no existe y no hay peor cosa que no exista nadie que te de ganas de (volver a) confiar en el amor.
Peor que sentir y que duela es no sentir NADA.

Y veo a mis amigas y me doy cuenta de que estoy sola y de que eso no está cerca de cambiar, y que quizás yo elegí esto de estar así, sola y no sentir nada especial por nadie.

Pero sin embargo ahí siempre estuviste vos, que te veo y estás con ella, y que ella está con vos, y que son lindos juntos, y que yo estoy como en un segundo plano y fuera de foco, y que no encajo acá, que no encajamos juntos. 

Y que el amor no se trata de encajar, se trata de sentir.
Y yo siento, ¿sabes?
Yo por vos siento lo que vos sentís por ella, multiplicado por la triste pena de saber que nunca vamos a escribir nuestros nombres juntos en la arena de alguna playa alguna noche de verano a solas.
Yo siento, qué pena que no te puedas (o quieras) dar cuenta.

20 junio, 2016

Cuando decidiste matar nuestro amor

Ayer me levanté y supe que el día iba a ser raro, que algo malo pasaría. Tenía un presentimiento –un mal presentimiento- y lo único que quería y deseaba es que no tenga sentido. Fantasmas, miedos sin razón aparente que suelen aparecer de tanto en tanto, de esos que Bruno ya conocía a la perfección e intentaba ahuyentarlos de alguna manera, de todas las maneras posibles en realidad.

La que mejor le salía era dándome un beso cada vez que una lágrima producto de algún fantasma sin sentido amenazaba con salir. Esos fantasmas, que aparecen comúnmente después de que te hayan roto tanto el corazón, porque qué difícil matarlos.

Bruno. Bruno, el amor de mi vida. Morocho, con algo de barba –ni mucho ni poco, la justa medida de lo que me gusta que tengan a mí-, ojitos ni tan achinados ni tan saltones y color miel cuando les da el sol y sonrisa seductora, porque era muy sexy cuando se reía.

Llevábamos saliendo once meses (nota al margen: gusto de escribir las cifras con letras en vez de con números).

Su nombre no empezaba con la letra con la que comenzaban el común de los nombres de los chicos que alguna vez me gustaron. Porque, por lo menos a mí, siempre me pasó de gustar de chicos cuyas iniciales variaban entre las letras M, J y/o N. Siempre eh. No fallaba.
Hasta ahora.

Con él sentía que todo estaba en orden, que por fin, que cómo valió la pena esperar(lo). Él apareció y mi vida giró en 360° con una vuelta carnero y piruetas en el aire. Le dió color a mi vida, esta vida que antes de su llegada estaba un poquito teñida de gris después de tantos desencuentros, desamores y duelos que vivir.
Que alguien aparezca y tiña de color tu vida no es un detalle menor ni posible de olvidar.

Sabía que era el amor de su vida, también. O al menos yo esperaba siempre que él piense que.

Una vez, en estos once meses, me preguntó por qué o cómo es que estaba tan segura de que él era el mío, a lo que yo respondí que sólo me bastaba mirarlo a los ojos y que se me dibuje una sonrisa imposible de borrar, y sentir que a cada instante y cada día yo lo amaba un poquito más. Sonrío, me besó de una manera tan tierna, tan dulce, tan él y me dijo: “me encanta cuando sos románticamente cursi, ¿sabes?”.

Me sentía bien con él, me sentía querida, sentía que todo estaba bien, que por fin había encontrado la estabilidad, emocional quizás al menos.

Hasta hoy.

Si, justo hoy.
Hoy que había salido de la facultad tan feliz por haber aprobado un final que me llevó varias noches entre mates y café -porque cuando tenés que rendir quedarte despierto y recurrir a algo que te haga no dormirte entre las hojas es casi una ley: he aquí el mate y el café, no juntos por supuesto-; y marcadores y muchas, muchas hojas.
Hoy que no solo aprobé que ya es genial, sino que me quedo un diez. Diez, entendés. No lo podía creer.
Hoy, justo hoy.
Hoy entré a nuestro departamento, contenta, tiré los apuntes en la mesa, corrí directo a la habitación a contarle con una sonrisa y entusiasmada la noticia que tenía para darle.

Lo que sigue a continuación es digno de una novela berreta de esas de la tarde en la que los autores se quedan sin ideas y recurren a algo trillado, algo ya usado por muchos, por todos bah. Algo que me parecía bastante improbable de que siempre, siempre ocurra en la realidad. No es siempre, pero lo que siguió a continuación fue real, pasó y me quise morir.

-Amor no sabes lo que me sa… -y no pude terminar al abrir la puerta y ver eso. Estabas en nuestra cama, Agustina sin ropa con las sabanas NUESTRAS tapándose. Entré y miró con cara de circunstancia.

Antes de irme como había entrado al girar la cabeza vi nuestro portarretrato con esa foto que elegimos revelar porque queríamos tener una de las del principio para recordar siempre ese día, ese que quisimos ponerlo en la parte de atrás, cosa de no arruinar la foto, como para no olvidarnos. Por si las dudas, digamos.

Vi ese portarretrato, decía, y lo tiré al piso.
Agarre la foto rápido y la rompí, y ahí sí me fui (también rápido) y de un portazo.
Vos saliste de la habitación, y no tuviste mejor idea que decirme: “Esperá, Martina, no seas boluda, vení!”.

“No seas boluda, vení”, ¿me decís? ¿En serio me cagas y en nuestro departamento y tenés la puta cara decirme que YO no sea boluda? Igual tenés razón, tenés razón. Yo soy la boluda. La boluda y cornuda. La boluda que confío, la boluda enamorada, la boluda que esperaba ser feliz por mucho tiempo más, la boluda que te ama, la boluda que pensaba que vos también, que nunca harías tal cosa, que cómo, que qué bueno que sos distinto, qué bueno que te encontré. Tenés razón, yo soy la boluda. Porque cómo no me di cuenta, si era tan, tan, ¡TAN OBVIO!

Desde que pasó eso a ahora, que estoy escribiendo esto, pasaron cuatro horas. Escribo esto como para tratar de entender que estas a lágrimas no me las gané, que me vinieron con el combo, como de prepo y sin preguntarme si realmente lo deseaba agrandar o prefería dejarlo así.

Hace cuatro horas que desde que me fui me venís llamando. Tengo 15 llamadas perdidas. La número 16 es la de ahora, en la que frené de escribir esto y te dije con la voz temblorosa intentando aparentar entereza: “no me llames nunca más sorete de mierda” y te corté. Espero haber sido lo suficientemente clara.



Ya pasaron tres días, y lo que en principio era una bronca incontenible ahora es una tristeza que me atraviesa entre el pecho y la garganta y no me deja respirar. El dolor, ahora, se hizo carne y yo sin querer fui lastimándola, y ahora sangra sin parar.

Espero que tus amigos sean lo suficientemente vivos para encontrar esto que escribí y avisarte que todavía entre toda esta tristeza, asoma la esperanza de que vengas a buscarme, acá a dónde la boluda ya sabes que está cuando no convive con vos, y me des una explicación de por qué, por qué Bruno, por qué hiciste esto, por qué decidiste darle un hachazo al amor que construimos y a la historia que estábamos formando, por qué si me amabas, porque si yo te amaba, si yo te amo, por qué decidiste buscar a alguien más, por qué justo a Agustina que sabes todo lo que me odia, por qué tan desprolijo y en nuestro departamento, por qué me arruinaste ese día y todos los días que siguieron, por qué mataste nuestro amor y cuándo fue que lo decidiste. Porque vos lo decidiste, decidiste matar (a) nuestro amor.

Y aún así todavía espero que vengas acá, con un perdón, uno sólo, y me digas que por favor vuelva, que sí me amas, que sos un re boludo y que te odias por eso pero que por favor vuelva con vos, que nos queda un montón por vivir, que nunca más, te juro que nunca más. Y entonces yo te perdono, porque sí, soy una boluda y te amo. Soy una boluda que te ama, y te extraña desde ese día todos los días.

Que vuelvas, quiero.
Aunque no sirva de nada, porque el daño ya está hecho.

05 junio, 2016

Bardo

No sé como te llamarás, y no importa,
no sé cómo serás, quizás morocho, un poco más alto que yo y flaco, no tanto igual, pero igual no importa.
No sé si cuando sonrías se te harán los hoyuelos a los costados de los cachetes, que es lo que más me gusta, porque lo hace tierno (te hace tierno), pero igual no, no importa.
Y tampoco importa qué edad tendremos cuando nos conozcamos, aunque espero que sea pronto.

No sé cuánto pasara hasta que nos enamoremos ni cómo será, o qué cosas sentiré con tus besos, tus abrazos y tus palabras.
Y no sé si tendré palabras, y es por eso que (te) escribo ahora.

Porque escribir es mi forma de eternizar cosas, momentos y/o personas, y de expresar las más diversas sensaciones y sentimientos. Porque no tener palabras es que nada te alcance para poder decir lo que querés decir, como lo querés decir. Que nada alcance de lo que pueda decir para expresar qué y quién sos para mi, y qué significas en mi vida. Porque las palabras son mi forma de vivir la vida.
Porque escribir es darle palabras a lo que no tiene voz: el amor.

Escribir es mi forma de saber que yo soy esto,
y que cuando algo me duele o cuando amo o cuando estoy triste,
o cuando estoy feliz,
o cuando simplemente estoy y soy, y nada más
y no tengo ninguna emoción o sensación que me determine;
lo único que hago (siempre) es escribir.

Y entonces te escribo.
Te escribo porque si lo hago es porque me vas a hacer feliz,
o no, quizás no tanto.
Quizás me ilusione con vos, quizás piense que gustas de mí  y no de otra,
quizás después me sorprenda con que tenés novia.
Quizás lances alguna de las típicas frases, esas que se lanzan como queriendo evitar dolor y quedar bien al mismo tiempo pero sabiendo que es en vano,
"te mereces algo mejor"
"sos una buena piba, no te quiero lastimar".
Y qué me importa, y qué sabes qué me merezco o qué quiero, porque yo te quiero a vos y por mas buena que sea no te tengo, y por mas buena que sea no me querés, y por qué, por qué no me querés. Y sí, sí me estás lastimando.
Siempre igual en esos casos me consuela que igual ya te escribí y un poquito eternice esto que no empezó y ya terminó pero que igual valió la pena, porque es un motivo más para escribir(te).

Pero en mi ideal vos me vas a hacer feliz, te vas a enamorar de mi y me vas a amar.
Y entonces yo te escribo.
Y entonces olvidate de lo anterior, era por si acaso, porque me queres así que eso no importa y lo que tenes que leer en realidad es lo que sigue ahora.



Me voy a presentar, brevemente, y entonces vos después sabrás que hacer con eso.
Ésta soy yo:

Yo soy (un poco) inmadura, caprichosa, celosa, desconfiada y vivo con miedo a dejar que me quieran y querer y que me rompan de nuevo. Porque bastante me cuesta reconstruirme después, ¿sabes?
Soy muy desordenada, llego tarde a todos lados porque aunque no quiera siempre hay algo que me atrasa, es como algo que no puede (ni puedo) cambiar.
No sé cocinar (nada sé cocinar, nada, nada, bueno, sí hamburguesas y salchichas para hacer panchos pero eso nunca cuenta porque quién no sabe) y no me gusta tampoco igual.
Siempre tengo alguna preocupación o problema, lloro a veces pero siempre voy a sonreír para que nadie se de cuenta, así capaz tapo un poquito las lagrimas.
No sé muy bien que quiero, no tengo nada fijo, certero, concreto y eso me preocupa, pero no tanto como para juntar la voluntad para cambiarlo.
Siempre me levanto de buen humor, sea lo que sea que este pasando (excepto que sea algo grave). Y no sé disimular si estoy de mal humor o algo/alguien me pone de mal humor.
Soy muy sincera, y eso a veces no es tan bueno porque suelo ser bastante hiriente si te estoy diciendo algo que no querés escuchar.
Me gusta ayudar y hacer reír a los demás, y voy a hacer todo lo que pueda para lograrlo.
No me doy por vencida cuando quiero que algo pase hasta que pase.
No sé vivir pensando en el futuro porque me preocupa bastante el presente así que no me pidas que planifique mi vida con vos porque bastante me cuesta sostenerla ahora, y porque igual sin que me lo pidas seguro lo termine haciendo.
Me es muy dificil estar en una relación sin catalogarla, sin definirla o titularla, no sé. Etiquetas, que le dicen. Así que no juegues conmigo, no me uses, no me la juegues de novio y después me digas que no queres nada serio, no pienses que no me voy a dar cuenta si lo hacés, porque sí, me voy a dar cuenta. Porque siempre me doy cuenta.
Sé que quiero tener hijos, pensé en nombres que me gustan y los definí como los nombres que les pondría a mis hijos cuando algún día los tenga pero seguramente cambie de opinión porque nunca termino conformándome del todo con nada.
Casarme? No sé, quizás sí, quizás no, pero no sueño entrar al altar vestida de blanco ni que me tiren arroz a la salida, y ese estilo de cosas. Y tampoco creo que un papel sea algo que selle el amor porque el amor no entiende de papeles. El amor son gestos, acciones, demostraciones, y el hecho de elegir a esa persona día a día.

En síntesis: soy un bardo. Un quilombo.
Y es difícil describirme o presentarme porque nunca sé muy bien qué decir, qué soy o quiero ser, qué me gusta y cómo, porque a veces hasta yo no lo tengo muy claro.
Y está muy bien, igual. Porque quién tiene las cosas tan claras, ¿no? Si la vida es dudar de todo, hasta de lo que crees que tenes claro.

Pero si después de haber conocido todo eso, vos me seguís eligiendo y me querés igual; ya está, hice todo bien, y te voy a hacer feliz, y te voy a querer como si nunca nadie lo hubiese hecho antes, y como si nunca nadie me haya roto el corazón porque cuando te rompen el corazón cuesta un poco volver a empezar.

Si me queres igual, voy a ser menos caprichosa, menos celosa, menos desconfiada, más ordenada, llegar un poco más puntual, tratar de tener menos problemas y no llorar tanto o no disimularlo cuando te veo, con una sonrisa, casi como si pudiera manejarlo, y voy a llorar con vos.

Si me queres igual, no te voy a escribir solo esto ahora que no sé quién sos, te voy a escribir mucho, constantemente y sin ningún motivo en particular, solo para recordarte que yo también te quiero. Algunas veces te lo voy a mostrar, otras solo serán cosas que queden para mí. También voy a querer que nadie más lo haga, porque que se busquen otra forma de quererte, esa es mi forma. Es la única que me sale.

Si me queres igual voy a dejar de arruinar las situaciones con ataques de celos, con la necesidad de la certeza de saber qué somos y la inseguridad que me golpea entre el pecho y la garganta diciéndome "no seas boluda, éste también te va a usar".

Porque vos no me vas a usar ¿no?

Si me queres igual voy a pensar menos cosas como que todo esto no tiene sentido y que nadie tiene que determinarme qué hacer o sentir y que yo tengo que ser lo que quiera ser por mi y no por vos ni por nadie, y voy a querer mas, sentir más con el corazón porque así es como se siente. El corazón que es ese que te dice que es ese y ninguno más, y que no importa todo lo que digas y pienses, él te va a decir que está bien que hagas eso y todo, porque es amor. El corazón, ese que le gana la pulseada a todo razonamiento cuando estás enamorado.

Porque el amor es así, irracional, y lo que escribís con la mano lo borras con el codo, te equivocas a cada paso, a veces lloras más de lo que reís, y te tropezas un poquito siempre pero siempre apostás y seguís apostando. Porque buscamos amor todo el tiempo, porque es lo que nos da sentido y vida a cada paso, y qué importa si hay o no mitades, si somos o no completos y nadie tiene que completarte, y todo lo demás que pienso o pensás, si sólo queremos amar. Y solo buscamos ser felices, y ser felices es poder amar y dejarse amar después de todo, y al principio también.
Porque la felicidad y el amor nunca van separados.
Y porque podre dudar de todo pero nunca voy a dudar que cuando llegues y nos enamoremos, yo te voy a querer igual aunque tengas una lista más larga de bardos y quilombos.





Y si leíste todo esto y elegís seguir acá, quizás amándome: vení, pasá, ponete cómodo, prende la tele, que yo hago unos mates y te cuento todo lo que te estuve esperando,
y tranquilo, yo te voy a amar un montón. 

14 mayo, 2016

Bondi

Me subí al 152 con la certeza de que no iba a tener lugar para sentarme porque es de esos colectivos que nunca tienen paz. Y sin embargo, encontré lugar en uno de los asientos de uno atrás, que eran sin duda mi lugar preferido a ubicarme.
Fui directo a ese asiento y me senté.

En la siguiente parada, subiste vos.
Cuando subiste clavaste una mirada general a la gente del colectivo. Y me sostuviste la mirada por tres segundos a mí. Casi que los conté.
Después de eso, mire al piso. Y supe que sonreíste por haberme ganado en la pulseada de miradas.
Te vi caminar por el colectivo hasta el asiento en el que te ibas a sentar.
Me pasaste por al lado. Me miraste de reojo, y yo hice lo mismo.
Y sonreímos los dos.

Eras morocho, de ojos azules, tenias una sonrisa hermosa de esas a las que apenas sonreís y se te hacen los hoyuelitos, y una mochila verde que te hacia juego con tu ropa, que era un jean verde oscuro casi militar y una camisa azul oscura también.

Te sentaste en el primer asiento de dos, a la misma altura que el mío.
Adelante de la puerta del medio.
Al lado tuyo había una señora que, apoyada en la ventana, se había quedado dormida.

En el trayecto de Cabildo y Congreso hasta Cabildo y 9 de julio nos miramos casi diez o quince veces, y nunca nos dijimos nada.

Llegaba mi parada y empezaba a plantearme si entre tantas miradas y sonrisas no era hora de, quizás, arriesgarme un poco y decirte o hacer algo.
O si lo harías vos.

Y entonces la próxima parada era la mía, y entonces deje de pensar, arranque una hoja al azar, que coincidió con un resumen mal hecho, y anoté mi numero, mientras pensaba qué estaba haciendo.
Es que le estaba dando mi número a un desconocido, que no sabía cómo o quién era, que parecía buena persona pero no lo sabía realmente.

Y en estos días desconfiar de todo(s) se hacia cotidiano.

No pense más. Llego mi parada, me levante.
Me puse en la puerta del medio y con la mano en el timbre de tu lado, te acerqué el papel.
Te sonreí.
Y me bajé.

El papel decía: "Me llamo Lucía y jamás en la vida pensé que haría algo así pero te vi y me gustaste, y me pareces muy lindo para dejarlo pasar. Así que te dejo mi numero y espero que me escribas. Y sino lo haces lo voy a entender porque después de todo esto es super raro".
Y anoté mi numero. Escribí con una letra horrible, desprolija y una lapicera violeta, que fue la primera que agarre al tantear la cartuchera.
Después de todo estaba apretada de tiempo, después de todo me iba a bajar en la siguiente parada y si me detenía en detalles me pasaba de parada. Y todos sabemos que es un garrón pasarse de parada, después.

Un montón de cosas pueden pasar en un viaje, de media hora o 40 minutos. O una hora.
No viene al caso.
Y yo ya lo había dejado ese viaje. Y ahora estaba en manos del azar, por decirlo así.

Es que los viajes tienen eso. Es un lugar donde convivís, por decirlo de alguna forma, con un montón de gente desconocida durante x cantidad de tiempo y en el que podés saber la historia de la señora de allá en 15 minutos, o de lo que hablan esas chicas de aproximadamente 18 años de allá, o de esa chica que mira abajo, al piso porque recibe un mensaje y no le gustó o esa que llora en silencio, o a esa otra chica que le rompieron el corazón y se le nota, o ese chico de alla abstraído con auriculares y alguna música que haga de ese viaje algo mas entretenido o por qué no a esa chica que sonríe mientras mira el celular, quizás enamorada.

Hay un montón de historias simultáneas y espontáneas que se dan en un viaje. Cuanto más largo sea el viaje más historias hay.

O muchos "amores de bondi" tambíen, así lo llaman, que es como se le dice a esa atracción instantánea al ver a alguien en particular como si tuviese una luz arriba que lo ilumina directamente y lo acompañe a cada paso que haga.

Es algo que sucede más cotidianamente de lo que pensamos.

Tengo la teoría de que los amores de bondi quedan en es(t)o, amores de.
Porque la magia está ahí. Está en que alguien que acabas de ver te genera ese sentimiento de quién será, a dónde ira, qué cosas hará, qué cosas le harán llorar, qué cosas reír, y al mismo tiempo ese atractivo que cae en no saber quién es y te gusta igual y lo hace más especial no saber.

Por eso los amores de bondi (o cualquier otro transporte) quedan ahí.
Y está bien que queden ahí.

Pero hay veces que eso que se genera en ese tiempo que compartís ese viaje con ese desconocido; y en el que te cruzas miradas y sonrisas, es más fuerte y te hace hacer cosas así, de escribir algo para que te pueda ubicar/buscar/hablar o hablarle justo antes de que se bajen y que quizás terminen en un café compartiendo unos minutos.
O una hora.
O una noche en algún bar.

Eso me pasó con vos, desconocido.
Te escribí mi numero y me baje.

Durante la siguiente hora estuve casi obsesivamente, pese a estar ocupada caminando hacia el lugar donde tenía que ir, que era mi trabajo, chequeando mi celular una y otra vez, esperando quizás ese mensaje.

Lo pensé incluso, me imaginé que seria algo así.
"Hola! Soy el chico del bondi. Qué bueno que me diste tu numero. Estas ocupada a las 16 de mañana? Me gustaria invitarte a salir".

No pasó sino hasta cuatro horas después en el que el mensaje que me llego tuyo decía:
"Hola. Soy el chico del bondi, estuve todo este tiempo pensando si mandarte un mensaje o no, y si, tenía que hacerlo. Sos hermosa, y tenes una sonrisa hermosa. Sé que nuestra atracción fue instantánea. Y si, este es un mensaje para invitarte a salir (si querés). Cuándo y a qué hora podés, chica del 152?".

Y entonces, al recibir eso, después de cuatro horas, y pensando que sería cualquier otra persona menos vos quizás por pensar que si no te escriben al instante medio que ya fue, sonreí.

Ese día, ayer mejor dicho, hablamos todo el día desde que me escribiste. Ahora sé que te llamas Bautista, que tenes 25 años y que en tu viaje en el 152 estabas yendo a la casa de un amigo que vivia por Puerto Madero, que estudias Medicina, y que sos de Boca. Bueno, algo malo tenías que tener.
Y vos sabes que yo soy Lucia, que estudio Psicología y trabajo en microcentro, y que soy hincha de River a muerte.
"Bueno, algo malo tenías que tener", me dijiste casi repitiendo mi pensamiento.

Era un dia normal como cualquier otro cuando me subí al colectivo y ahora estaba conociendo a un pibe que vi en mi (habitual) viaje al trabajo.

Y no es tan loco, si lo pensas, conocer alguien en el bondi. Conoces gente en boliches, en bares, en recitales, en el trabajo o en la facultad. El bondi es un lugar más, después de todo.
Un lugar más y con un poco más de magia, de esa magia linda.

No es tan habitual pero conozco una historia que nació de un viaje en bondi. Ella y él hoy en día tienen 80 y pico de años y siguen juntos, ¿y qué más necesitamos para ver que eso es lo de lo más lindo del mundo?
Eso es amor. Ver a dos abuelos que siguen juntos a pesar del tiempo y los años y sus dificultades (o no).
En la historia de ellos él la dejo subir primero. Ella le sonrió. Se sentaron y compartieron el viaje y a partir de ahí nunca más se separaron. Amor.


Acordamos vernos mañana, a las 15 a tomar un café o algo así y pasear por ahí, hasta que tengamos que hacer cada uno nuestras cosas. Me dijiste que ibas a esperar ansioso el momento en que nos veamos, y veas mis ojos tan de cerca y mirándote quizás, ahora sí, fijo. Sin perder en la pulseada.

                                                           :::

Hoy te veo.

Y espero, en el fondo, que termines siendo el próximo chico en el que piense durante mis insomnios, chico del bondi.
O Bauti, como te empecé a llamar.

24 abril, 2016

Y mientras tanto.

En el medio de tanta incertidumbre, de tanta espera, de tanto frenesí, apareces vos. Aparecés, y a mi corazón averiado, golpeado, ultrajado; le entusiasma la idea de que, por fin, alguien lo cuide un poco.

Y ahí me enseñaste que en el amor se aprende a través de errores.
Ensayo y error dicen, me repetís.
Y que en el medio de cada error, hay un vacío en el que vos elegís si quedarte triste sin querer levantarte o aprender y avanzar. A un nuevo comienzo.
Si avanzás, al final del -dificil- camino, está lo que se parece bastante a la felicidad: la esperanza de volver a amar. Sino, a herida abierta, es dificil confiar. Y cada historia es una historia de la que siempre salís lastimado vos.

Salis lastimado un poco de cada cosa, igual.
Y se aprende de.

Y me enseñaste, también, que al dolor podes transitarlo en cualquier lado, y querer convencerte de cualquier cosa. Pero el dolor sigue siendo dolor. Un dolor que solo se va cuando aparece el remedio. La calma. El olvido, en muchos casos.
O por lo general.
O cuando una nueva persona aparezca en tu vida dispuesta sacar de vos todos esos sentimientos y miedos, y vuelva a meterte los sentimientos más lindos del mundo. 
La esperanza de confiar en el amor.
(Que despues de todo, es el amor lo más lindo que nos queda).

Y que hay que ser muy valiente para caer hasta el fondo y volver a levantarse.
De las cenizas algo nuevo nacerá, me recordas apelando a una canción que me gusta.

Y ahí al final, al principio o en el medio, estás vos.
Con tus dimes y diretes, con tu sonrisa hipnotizante, con tu boca, tus ojos, tu misterio, y con tu dulzura y tu amor; para hacerme confiar -y creer de nuevo que- una vez más; el amor es una salida hermosa.

El amor es la manera más linda de vivir las cosas. Todas las cosas.
Porque todo lo que nos rodea es, al final de todo, amor.

¿Con cuántas partecitas de mi corazón anterior, podes hacerme un corazón nuevo?
Sin golpes, ni manoseos, ni lastimaduras, Ni cortes. 
Ahí estás, diciéndome que no hay corazones nuevos y que el dolor que sentí no me lo podes sacar -y no te corresponde, pienso después-, pero que entre tu corazón y el mío, algo bueno va a salir.
Entre tu corazón y el mio, podemos hacer que todo valga la pena.

Me cuidas, y me querés de la manera más pura, más sana, más linda.
Y entonces todo vale la pena.

Y yo mientras tanto me enamoro. 
Cada día más.

"Mientras tanto". Hasta un mientras tanto suena lindo si es con vos.
Mientras tanto.
Mientras tanto, yo te amo.

30 marzo, 2016

Ni todas las horas del mundo - Segunda parte.

(La primer parte la podés leer acá).

Pau:

No sé si está bien lo que estoy haciendo. No sé si escribirte una carta mejoraría o empeoraría las cosas. Sé que desde esa vez que me fui a la madrugada y que te dije que ya no iba más, que no eras el amor de mi vida, que teníamos que terminar, pasó un tiempo. Un año para ser preciso.
Sé que de los cuatro años que estuvimos juntos y de los dos que convivimos me quedo con todo, con todos los recuerdos y todas las cosas que pasamos, pero por sobre todo, con las primeras veces que llegamos a la casa nueva y tu sonrisa plena y hermosa me decía que estabas feliz de todo lo que (nos) estaba pasando.
Fueron cuatro años, Paula. Cuatro años de relación, de idas y de venidas, de discusiones, de enojos, pero cuatro años. Y sé que escribirte esto ahora y decirte lo que te estoy por decir es egoísta y que me podes odiar, pero yo te extraño. Te extraño de verdad. Te necesito conmigo sonriendo y tocándome el pelo diciéndome que estoy loco por haber gritado que te amo aquella vez en plena Av Cabildo. No, no te voy a pedir que volvamos porque me porte como un pelotudo y no te merezco conmigo después de todo. Pero te extraño todas las noches. Todos los días.
Mauro me contó que te vio con un chico, de la mano, y se me partió el corazón en mil pedazos. Siento que se me cayó el edificio entero encima. ¿Cómo fui tan pelotudo de dejarte ir? Mejor dicho; ¿cómo fui tan pelotudo para irme?
Cómo me equivoque al decirte que no eras el amor de mi vida. Sé que lo sos, y que lo vas a ser siempre. Pero supongo que ahora sos feliz, ¿no? Saberte feliz me basta. Pero me duele.
Me duele porque ya no voy a tener tu sonrisa en mi almohada, ni el roce de tu piel suave al lado mío, ni tus piernas enroscadas en las mías. Ni tu voz dulce. Ni tus abrazos, ni tus caricias y menos tus besos. Me duele que ya no voy a tenerte a vos. Que te deje ir, me duele. Pero bueno, insisto, me lo merezco por pelotudo.
Yo estoy viviendo con Bianca, sí, la gata roñosa esa que lleve un día y que cuando me fui esa madrugada me dijiste que me la lleve, que te la habías bancado porque la lleve yo y que todo estaba bien, pero que ya no y que te daba alergia.
Estoy viviendo en el depto de Lucas, que vivía acá pero se fue a vivir con la novia y el papá, un capo, me lo alquila a mí. Menos mal, porque me echaron ayer del laburo y le pedí un poco de tiempo para conseguir otro y el tipo un copado me dijo que sí, que no me preocupe, que incluso le pagaba por una cuestión mía pero que ni siquiera precisaba que lo haga. Y claro, tiene banda de guita el tipo.
Bianca es una gata de mierda, cero compañía, se la pasa afuera la muy forra. Y Lucas se fue, como te dije. Mauro vive con los viejos, así que acá estoy, en un departamento de 3 ambientes en pleno Palermo pero solo. Porque me siento solo acá.
¿Ves? Me está saliendo todo mal sin vos. Como me gustaría remediar las cosas.
No sabés lo que te necesito.
Sé que vas a leer esto y decir “es tarde”, te conozco. Ya sé que es tarde. Por eso esta todo tan mal en mí, porque ya no te puedo recuperar. Porque soy un pelotudo (x5)
Y vos sos una mina hermosa, y que te mereces toda la felicidad del mundo.
Perdoname, Paula, por todo el daño que te cause. Espero en verdad que seas siempre muy feliz, que tu sonrisa ilumine todos los lugares del mundo.
¿Cómo se llama? ¿Hace cuánto salen? Sé que no me corresponde preguntarte estas cosas, pero al menos… quiero saber algo de vos.
Te mando un beso, y acá en el sobre te dejo unas fotos tuyas que me diste cuando todavía no vivíamos juntos. Todavía las guardaba.

PD: Sabe ahora vos que ni todas las horas del mundo bastan para borrar tu nombre de mi corazón. Te amo y te voy a amar siempre, porque sos el amor de mi vida.

No tenés que responder. Ahora sí, chau.
Andrés.



•••

Andrés:
No tenés derecho.
No tenés derecho de escribirme y decirme ahora que son cuatro años, que te arrepentís, que soy el amor de tu vida, que me extrañas, que me necesitas, usar mi última frase para decírmela a mi ahora y de ninguna de las demás cosas que hiciste en esa carta del orto que me mandaste, no tenés derecho, ningún derecho tenés Andres.
Fueron cuatro años, sí, pero vos te cagaste en esos cuatros años cuando te fuiste diciendome lo que me dijiste. Te cagaste en todo el amor que nos teníamos.
La puta madre, Andrés. La puta madre.

Fijate lo pelotudo que sos que hizo falta un año y que yo esté con alguien más para darte cuenta que me amas. Y sí, estoy con alguien más, Leandro se llama, y estoy bien. Soy feliz. Decidimos no convivir lógicamente al menos por el momento porque es mejor así. Cuando no tenemos que hacer cosas por ahí en feriados largos o cosas así se queda algunos días en casa y algunos días me quedo yo, y esa es un poco la prueba que hacemos de si podríamos, y podemos, pero todavía no.

Si querés compararte porque a vos te gusta mucho comparar cosas y personas, él no deja las medias entre las sabanas cuando dormimos juntos, no me deja que enrosque mi pierna en la suya, ni le acaricie la parte suave del pie con el mío porque le da asco… No deja la tapa de la pasta dental abierta, ni la tapa del inodoro para arriba. No fuma, ni toma alcohol. Tiene unos 30 años y trabaja como gerente de no sé qué pito en no sé dónde. No me importa. No me hace chistes de gallegos, ni de nada, ningún chiste, no sabe chistes. Una vez le conté uno y no se río. No me cuenta lo hermoso que se veía el sol escondiéndose recién al atardecer. Y no me dijo de ver uno juntos.
Cogemos bien, pero ahí. No muy seguido ni tan poco como para decir que no me coge, ni muy salvaje ni muy romántico. Ahí.
(Sé que no querías saber eso último, pero).
No es muy divertido Leandro, sí, ni hace masajes ni mates como los tuyos. Y, de vez en cuando, me aburre y no me dan ganas de verlo o pasar tiempo con él.

Pero me quiere. Me quiere mucho, y me lo dice muy seguido. Tiene detalles lindos como pasarme a buscar por casa, llevarme a cenar o ver una peli en el cine, comprarme jazmines porque sabe que son las únicas flores que me gustan, y me compró un perrito hermoso que no me da alergia. Dylan le puso. Por Bob Dylan, sí. Me encanta Bob Dylan, empecé escuchar más que nada porque cuando lo conocí estaba sonando y bueno, él me contó que le gusta mucho y le gustó ese nombre para él.
Me pareció que le quedaba bien así que acá esta Dylan. El perro, por supuesto, Bob debe estar en su casa me imagino (?).

Bueno, volviendo a.
Con Leandro tengo una relación distinta, nada que ver a lo que fuimos nosotros. No somos tan descontracturados o como carajo sea la palabra, la pasamos bien. Nos divertimos ahí. Es más intelectual, él. Más de sacar temas de política o de la última película buena de tal o cual director, que mucho no me importa pero igual es interesante escucharlo hablar. Tiene una forma linda de hablar de cosas aburridas.
Así que, sí, estoy bien. Estamos bien. No me hizo llorar ni una sola vez en un año, ni una sola vez comparada a los últimos meses que llore por vos. Lloré mucho por vos, lo sabés. Hubo muchos días en que sentía un hueco horrible y enorme en el pecho que pedia por favor que se vaya lo más rápido que pueda, a veces sentía que me faltaba un poco el aire y que todo era más difícil que nunca. Trabajar, estudiar, reir, comer sola, hablar con pibes que querían algo pero yo no podía, salir, en general, todo. Todo era difícil.
Perdoname por lo agresiva que fui al comienzo, igual no lo voy a borrar porque seguís sin tener derecho de aparecer así de la nada, y seguís siendo un pelotudo que se fue y ahora me dejo ir. Se nos escapó el amor que tanto cuidábamos, Andrés. Se nos fue de las manos. Nos amábamos tanto que se nos fue y terminamos haciéndonos daño.
De eso no se vuelve.
No vamos a volver. No podemos hacernos eso.

Está todo bien.
Pero no me escribas más Andres. Por favor.
Rehacé tu vida y date cuenta que no vamos a estar nunca más juntos.
Y no me escribas más. Por favor.
No me hizo bien esto.

Igual, si te lo preguntas, sí te sigo amando.
Y te necesito un poco y extraño tanto, que nuestra frase perfecta es esa que te dije una vez, hace un año atrás cuando te fuiste. Esa que repetiste, y que dice que ni todas las horas del mundo… (Ya sabes cómo sigue).

Paula.

12 marzo, 2016

En el banco de cualquier plaza

Yo estaba sentada acá en este banco de esta plaza, que es como cualquier banco de cualquier plaza. Es decir, no tenía nada en especial ni el banco ni la plaza. Porque viste que a veces los bancos de las plazas almacenan más historias de las que parecen o de las que uno puede llegar a saber.

Él no era un pibe como ése, o aquel que va allá.
O éste, que ahora se sentó al lado mío. Creo que está leyendo un libro de Sábato. Tengo ganas de preguntarle pero no tiene nada que ver.
Ni como el señor que va con la señora que pasa y me ve escribiendo pensando en “qué escribirá esta chica”. O que qué hago acá sola, o a quién espero. 
A nadie espero, señora. Bueno, sí, en realidad sí, a él.

No sé cómo era, era así, él.
Y así, siendo él, me gustaba tanto, tanto que pensaba cuánto tiempo pasaría para saberme enamorada, para que me desacomodara el mundo, y las ideas (aunque igual un poco ya lo hacía).

Tuvimos unos cuantos viajes en bondi juntos. 
Como diez, o quince, o veinte. No los conté.
Nos sentábamos allá atrás, en los asientos del fondo de todo, de éste lado, el que está más cerca para bajar. Me pasaba una mano por atrás y me abrazaba. 
Y con la otra mano, nos agarrábamos de alguna forma muy rara. 
Como cruzando las manos en una V y medio inclinada hacia allá. 
Creo que sería a la derecha.

Bueno, igual no importa, detalles nomás.
Estábamos pegados, como si no quisiéramos separarnos ni un minuto.

Si estábamos parados, nos poníamos en los huecos del medio, yo adelante y él atrás, yo de espaldas y él mirando para la ventana, afuera, pero envolviéndome con sus (a)brazos.
A veces giraba, y lo sorprendía con algún beso.
Me gustaba que, a pesar de la sorpresa, siempre me bese así, así de lindo.
Disfrutaba mucho los viajes con él, tenían esa magia que tienen todos los viajes cuando se le agrega esa cosita especial de estar con alguien que comienza a ser más importante de lo que podés dimensionar.

Sus labios eran suaves y me encantaba que me quedara la sensación de que seguían junto a los míos. Digo, esa sensación que te queda cuando besas mucho a alguien, y sentís que seguís dando el beso. A veces, cuando estaba sola, me mordía el labio, el de abajo, o me pasaba la mano porque era tan lindo que no quería que se fuera eso que, por lo general, duraba algunas horas y después había que renovarlo.
A veces se me paspaban los labios de. 
Qué molesto, pero qué lindo igual.

Con él me sentía más segura que con nadie. Me sentía protegida. 
Era él, y yo era yo y siendo nosotros, jugamos al juego de querernos sin condiciones, sin límites sin nada, no había nada más lindo que querernos. Así, sinceramente.
Sentía que era el comienzo de algo tan, tan lindo que deseaba que nunca termine. 
Sentía que a él le pasaba exactamente lo mismo.





Bueno, eso creía yo.
De repente, varios meses después, me dijo que sentía que no podía estar más conmigo, que sentía que yo en el 'mientras tanto' en el que estábamos me estaba enamorando y sentía la presión de no querer hacerme sufrir, que me quería mucho y de verdad, y que sentía cosas por mí pero que él no podía.
No sabía cómo querer así y no podía.
Que a lo mejor, lo mejor es que lo dejáramos ahí. 
Que él no podía darme lo que yo estaba buscando.


No entendía cómo hacía para quererme como me quería, y pensar que me podía hacer sufrir o que estar conmigo era una presión, presión que se agregó él solo.
Sólo pensé en que no tenía los huevos suficientes para enamorarse, y querer, de verdad.
Con el corazón y un poco más. Así, como lo quería yo. Con partes del cuerpo que no sabía que tenía, de formas que no sabían que existían, en todo momento, en todo lugar. Yo lo quería. Tenía ganas de decírselo. "Dale, no seas cagón, no nos hagas esto. Dejate querer. Dejame quererte".
Me molestó mucho que usara frases trilladas, tan de mierda como que "no quería hacerme sufrir" o que "no podía darme lo que yo estaba buscando". Tenía ganas de decírselo, también.
Pero igual, no dije una sola palabra. Se quedó esperando que le dijera algo. Pero no le dije nada.

Me levanté, controlando que las lágrimas no ganaran la batalla y pueda irme de ahí sin llorar me vestí, agarré mis cosas camino al living, y esperé a que fuera él. Me abrió la puerta, me dijo si quería que me acompañara y viendo que seguía en silencio, agregó que pensó que quería decirle algo. 
Quería que dijera algo.
Pero, de nuevo, yo no hice más que un 'no' con la cabeza y con las manos como un 'ya está'

Me atinó a saludar pero ya estaba caminando.

Caminando le mando un mensaje a una amiga, contándole ésto. 
Me dijo que tendría que haberle dicho que siendo tibio nunca iba a hacer nada bien y que se estaba perdiendo mi amor, y que no sabía lo lindo que era. 
Cómo le gustan las cursilerías a mi amiga, sí, pero tenía razón. 
Le dije que sentía como si el tiempo se hubiese parado en ese momento en que él me dijo que ya no quería saber de esta historia, que no entendía, que por qué, si nos queríamos tanto. O ¿es que todo lo que vi en sus ojos, ese brillo especial que le veía, era sólo una mentira, era sólo la forma de conseguir cómo coger? Le dije, también, que estaba entre enojada y triste. Enojada porque era un cagón que no se animaba a quererme. Y que no se dejaba querer. Y que tan bien la pasábamos y mirános, cómo puede irse todo a la mierda en cuestión de minutos. Me brotó el llanto y las ganas de sacarme todos los sentimientos de encima. Como si pudiera. Como si sirviera de algo.

En ese estado, que ni siquiera se cómo decirle, esperaba el colectivo, y justo llegó, me subí, y decidí que tenía que mandarle un mensaje. Sabía que no debía pero un poco lo necesitaba. 

Como catarsis, al menos.

“Te voy a decir una cosa ya que me fui sin decirte nada. 
Me fui sin decirte nada porque no había lugar para que te dijera algo. Porque en realidad quería decirte todo. Tenía ganas irrefrenables de mandarte a cagar, por actuar así, por todo ésto que no lo entiendo. No lo entiendo porque estábamos bien, porque nos estábamos conociendo y estábamos bien, porque te estaba queriendo mucho y sinceramente y estábamos bien, porque en ningún momento te puse la presión de nada, porque sentiste una presión que nunca hubo. Porque sos un cagón que no te animas a amar, Ezequiel, eso pasa. Y siempre te dije, en el amor hay que jugársela. Hay que jugársela a todo o nada. O perdés. ¿O es que nunca me quisiste? Y todo esto qué fue, ¿un simulacro de dos que se quieren? Bah, de tu parte será, yo te quiero de verdad. ¿Por qué? ¿Por unos cuantos polvos? No te entiendo, pero bueno. En fin, nada, te la hago fácil. Que tengas suerte, Eze. En tu vida en general. Y ojalá alguna vez, o mejor dicho, ojala la próxima vez, con alguna próxima chica, te la juegues. Ojalá llegues a querer tanto al punto de querer jugártela, y llegues a amar a alguien. Jugátela alguna vez por alguien, ya que no lo hiciste conmigo. Un beso".

No me contestó. Obvio. 
No supo qué, me dijo -un tiempo después- un amigo suyo.
Suyo y mío. En común, digamos.

Al cuarto o quinto o sexto día -no me acuerdo bien- de que pasara ésto, seguía esperando que él hiciera algo para revertirlo. Algo, no sé, cualquier cosa.
Como volver y decirme que sí, que estaba dispuesto a jugársela y quererme de verdad, y enamorarse, y amarme. 
Y sin embargo, en la espera cada día se hacía más difícil seguir.
Ese día me acordé que a una amiga que estaba triste por una de estas peleas con el novio, un día le di un consejo:
“No tenes que esperar nada, ni a nadie. En la espera aparecen (y pasan) las peores cosas. La decepción, por ejemplo. Y decepcionarse es horrible, y ya lo sabrás vos”.

No seguí mi propio consejo.
Nunca seguimos nuestros propios consejos.
Somos expertos en decir (y decirnos) cosas que después no hacemos.

Yo con vos seguía esperando. Estaba acá, esperando.
No sé qué esperaba. Seguramente vos ya estés en otra. 
O con otra, lo que es peor.
Y yo te seguía esperando. En éste banco y en ésta plaza, porque ¿viste que los bancos de las plazas tienen historias?

Bueno, en este banco fue la primera vez que nos vimos, la primera vez que nos besamos. La primera vez que sentía que cuando me la jugaba por vos, por lo que sentía que (nos) pasaba, estaba haciendo todo bien.
Tenía una historia para contar. Una que no llego a ser, porque cuando no te la jugas, no hay bancos ni plazas, no hay historias que valgan. Cuando no te la jugas, un poco el amor se muere.
No el amor que sentís, el amor en general. El amor, ese sentimiento tan puro y lindo. Sentimiento al que la gente, en general, se sigue animando a confiar.

Pero yo espero, igual, aunque esperar esté mal. O algo así.
Pasan los años y sigo esperando.



Y es que, a lo mejor, vos un día te aburras de historias de sábanas (de) desconocidas, saltando de cama en cama, noches sin sentido, que le digo.

Es que yo te quise, y te quiero. 
Y es que igual yo, un poco, te espero. 
Pero ya no quiero esperarte más. 

Pero yo igual, un poco espero.
Espero que algún día te des cuenta que para amar hay que tener ganas y que a amar se aprende entre lágrimas y pifiadas, entre miedos e incertidumbres, entre corazones rotos e historias que no llegan a ningún final, y, sobre todo, entregándolo todo sin pedir, ni querer, ni tampoco esperar nada a cambio.