14 mayo, 2016

Bondi

Me subí al 152 con la certeza de que no iba a tener lugar para sentarme porque es de esos colectivos que nunca tienen paz. Y sin embargo, encontré lugar en uno de los asientos de uno atrás, que eran sin duda mi lugar preferido a ubicarme.
Fui directo a ese asiento y me senté.

En la siguiente parada, subiste vos.
Cuando subiste clavaste una mirada general a la gente del colectivo. Y me sostuviste la mirada por tres segundos a mí. Casi que los conté.
Después de eso, mire al piso. Y supe que sonreíste por haberme ganado en la pulseada de miradas.
Te vi caminar por el colectivo hasta el asiento en el que te ibas a sentar.
Me pasaste por al lado. Me miraste de reojo, y yo hice lo mismo.
Y sonreímos los dos.

Eras morocho, de ojos azules, tenias una sonrisa hermosa de esas a las que apenas sonreís y se te hacen los hoyuelitos, y una mochila verde que te hacia juego con tu ropa, que era un jean verde oscuro casi militar y una camisa azul oscura también.

Te sentaste en el primer asiento de dos, a la misma altura que el mío.
Adelante de la puerta del medio.
Al lado tuyo había una señora que, apoyada en la ventana, se había quedado dormida.

En el trayecto de Cabildo y Congreso hasta Cabildo y 9 de julio nos miramos casi diez o quince veces, y nunca nos dijimos nada.

Llegaba mi parada y empezaba a plantearme si entre tantas miradas y sonrisas no era hora de, quizás, arriesgarme un poco y decirte o hacer algo.
O si lo harías vos.

Y entonces la próxima parada era la mía, y entonces deje de pensar, arranque una hoja al azar, que coincidió con un resumen mal hecho, y anoté mi numero, mientras pensaba qué estaba haciendo.
Es que le estaba dando mi número a un desconocido, que no sabía cómo o quién era, que parecía buena persona pero no lo sabía realmente.

Y en estos días desconfiar de todo(s) se hacia cotidiano.

No pense más. Llego mi parada, me levante.
Me puse en la puerta del medio y con la mano en el timbre de tu lado, te acerqué el papel.
Te sonreí.
Y me bajé.

El papel decía: "Me llamo Lucía y jamás en la vida pensé que haría algo así pero te vi y me gustaste, y me pareces muy lindo para dejarlo pasar. Así que te dejo mi numero y espero que me escribas. Y sino lo haces lo voy a entender porque después de todo esto es super raro".
Y anoté mi numero. Escribí con una letra horrible, desprolija y una lapicera violeta, que fue la primera que agarre al tantear la cartuchera.
Después de todo estaba apretada de tiempo, después de todo me iba a bajar en la siguiente parada y si me detenía en detalles me pasaba de parada. Y todos sabemos que es un garrón pasarse de parada, después.

Un montón de cosas pueden pasar en un viaje, de media hora o 40 minutos. O una hora.
No viene al caso.
Y yo ya lo había dejado ese viaje. Y ahora estaba en manos del azar, por decirlo así.

Es que los viajes tienen eso. Es un lugar donde convivís, por decirlo de alguna forma, con un montón de gente desconocida durante x cantidad de tiempo y en el que podés saber la historia de la señora de allá en 15 minutos, o de lo que hablan esas chicas de aproximadamente 18 años de allá, o de esa chica que mira abajo, al piso porque recibe un mensaje y no le gustó o esa que llora en silencio, o a esa otra chica que le rompieron el corazón y se le nota, o ese chico de alla abstraído con auriculares y alguna música que haga de ese viaje algo mas entretenido o por qué no a esa chica que sonríe mientras mira el celular, quizás enamorada.

Hay un montón de historias simultáneas y espontáneas que se dan en un viaje. Cuanto más largo sea el viaje más historias hay.

O muchos "amores de bondi" tambíen, así lo llaman, que es como se le dice a esa atracción instantánea al ver a alguien en particular como si tuviese una luz arriba que lo ilumina directamente y lo acompañe a cada paso que haga.

Es algo que sucede más cotidianamente de lo que pensamos.

Tengo la teoría de que los amores de bondi quedan en es(t)o, amores de.
Porque la magia está ahí. Está en que alguien que acabas de ver te genera ese sentimiento de quién será, a dónde ira, qué cosas hará, qué cosas le harán llorar, qué cosas reír, y al mismo tiempo ese atractivo que cae en no saber quién es y te gusta igual y lo hace más especial no saber.

Por eso los amores de bondi (o cualquier otro transporte) quedan ahí.
Y está bien que queden ahí.

Pero hay veces que eso que se genera en ese tiempo que compartís ese viaje con ese desconocido; y en el que te cruzas miradas y sonrisas, es más fuerte y te hace hacer cosas así, de escribir algo para que te pueda ubicar/buscar/hablar o hablarle justo antes de que se bajen y que quizás terminen en un café compartiendo unos minutos.
O una hora.
O una noche en algún bar.

Eso me pasó con vos, desconocido.
Te escribí mi numero y me baje.

Durante la siguiente hora estuve casi obsesivamente, pese a estar ocupada caminando hacia el lugar donde tenía que ir, que era mi trabajo, chequeando mi celular una y otra vez, esperando quizás ese mensaje.

Lo pensé incluso, me imaginé que seria algo así.
"Hola! Soy el chico del bondi. Qué bueno que me diste tu numero. Estas ocupada a las 16 de mañana? Me gustaria invitarte a salir".

No pasó sino hasta cuatro horas después en el que el mensaje que me llego tuyo decía:
"Hola. Soy el chico del bondi, estuve todo este tiempo pensando si mandarte un mensaje o no, y si, tenía que hacerlo. Sos hermosa, y tenes una sonrisa hermosa. Sé que nuestra atracción fue instantánea. Y si, este es un mensaje para invitarte a salir (si querés). Cuándo y a qué hora podés, chica del 152?".

Y entonces, al recibir eso, después de cuatro horas, y pensando que sería cualquier otra persona menos vos quizás por pensar que si no te escriben al instante medio que ya fue, sonreí.

Ese día, ayer mejor dicho, hablamos todo el día desde que me escribiste. Ahora sé que te llamas Bautista, que tenes 25 años y que en tu viaje en el 152 estabas yendo a la casa de un amigo que vivia por Puerto Madero, que estudias Medicina, y que sos de Boca. Bueno, algo malo tenías que tener.
Y vos sabes que yo soy Lucia, que estudio Psicología y trabajo en microcentro, y que soy hincha de River a muerte.
"Bueno, algo malo tenías que tener", me dijiste casi repitiendo mi pensamiento.

Era un dia normal como cualquier otro cuando me subí al colectivo y ahora estaba conociendo a un pibe que vi en mi (habitual) viaje al trabajo.

Y no es tan loco, si lo pensas, conocer alguien en el bondi. Conoces gente en boliches, en bares, en recitales, en el trabajo o en la facultad. El bondi es un lugar más, después de todo.
Un lugar más y con un poco más de magia, de esa magia linda.

No es tan habitual pero conozco una historia que nació de un viaje en bondi. Ella y él hoy en día tienen 80 y pico de años y siguen juntos, ¿y qué más necesitamos para ver que eso es lo de lo más lindo del mundo?
Eso es amor. Ver a dos abuelos que siguen juntos a pesar del tiempo y los años y sus dificultades (o no).
En la historia de ellos él la dejo subir primero. Ella le sonrió. Se sentaron y compartieron el viaje y a partir de ahí nunca más se separaron. Amor.


Acordamos vernos mañana, a las 15 a tomar un café o algo así y pasear por ahí, hasta que tengamos que hacer cada uno nuestras cosas. Me dijiste que ibas a esperar ansioso el momento en que nos veamos, y veas mis ojos tan de cerca y mirándote quizás, ahora sí, fijo. Sin perder en la pulseada.

                                                           :::

Hoy te veo.

Y espero, en el fondo, que termines siendo el próximo chico en el que piense durante mis insomnios, chico del bondi.
O Bauti, como te empecé a llamar.