20 junio, 2016

Cuando decidiste matar nuestro amor

Ayer me levanté y supe que el día iba a ser raro, que algo malo pasaría. Tenía un presentimiento –un mal presentimiento- y lo único que quería y deseaba es que no tenga sentido. Fantasmas, miedos sin razón aparente que suelen aparecer de tanto en tanto, de esos que Bruno ya conocía a la perfección e intentaba ahuyentarlos de alguna manera, de todas las maneras posibles en realidad.

La que mejor le salía era dándome un beso cada vez que una lágrima producto de algún fantasma sin sentido amenazaba con salir. Esos fantasmas, que aparecen comúnmente después de que te hayan roto tanto el corazón, porque qué difícil matarlos.

Bruno. Bruno, el amor de mi vida. Morocho, con algo de barba –ni mucho ni poco, la justa medida de lo que me gusta que tengan a mí-, ojitos ni tan achinados ni tan saltones y color miel cuando les da el sol y sonrisa seductora, porque era muy sexy cuando se reía.

Llevábamos saliendo once meses (nota al margen: gusto de escribir las cifras con letras en vez de con números).

Su nombre no empezaba con la letra con la que comenzaban el común de los nombres de los chicos que alguna vez me gustaron. Porque, por lo menos a mí, siempre me pasó de gustar de chicos cuyas iniciales variaban entre las letras M, J y/o N. Siempre eh. No fallaba.
Hasta ahora.

Con él sentía que todo estaba en orden, que por fin, que cómo valió la pena esperar(lo). Él apareció y mi vida giró en 360° con una vuelta carnero y piruetas en el aire. Le dió color a mi vida, esta vida que antes de su llegada estaba un poquito teñida de gris después de tantos desencuentros, desamores y duelos que vivir.
Que alguien aparezca y tiña de color tu vida no es un detalle menor ni posible de olvidar.

Sabía que era el amor de su vida, también. O al menos yo esperaba siempre que él piense que.

Una vez, en estos once meses, me preguntó por qué o cómo es que estaba tan segura de que él era el mío, a lo que yo respondí que sólo me bastaba mirarlo a los ojos y que se me dibuje una sonrisa imposible de borrar, y sentir que a cada instante y cada día yo lo amaba un poquito más. Sonrío, me besó de una manera tan tierna, tan dulce, tan él y me dijo: “me encanta cuando sos románticamente cursi, ¿sabes?”.

Me sentía bien con él, me sentía querida, sentía que todo estaba bien, que por fin había encontrado la estabilidad, emocional quizás al menos.

Hasta hoy.

Si, justo hoy.
Hoy que había salido de la facultad tan feliz por haber aprobado un final que me llevó varias noches entre mates y café -porque cuando tenés que rendir quedarte despierto y recurrir a algo que te haga no dormirte entre las hojas es casi una ley: he aquí el mate y el café, no juntos por supuesto-; y marcadores y muchas, muchas hojas.
Hoy que no solo aprobé que ya es genial, sino que me quedo un diez. Diez, entendés. No lo podía creer.
Hoy, justo hoy.
Hoy entré a nuestro departamento, contenta, tiré los apuntes en la mesa, corrí directo a la habitación a contarle con una sonrisa y entusiasmada la noticia que tenía para darle.

Lo que sigue a continuación es digno de una novela berreta de esas de la tarde en la que los autores se quedan sin ideas y recurren a algo trillado, algo ya usado por muchos, por todos bah. Algo que me parecía bastante improbable de que siempre, siempre ocurra en la realidad. No es siempre, pero lo que siguió a continuación fue real, pasó y me quise morir.

-Amor no sabes lo que me sa… -y no pude terminar al abrir la puerta y ver eso. Estabas en nuestra cama, Agustina sin ropa con las sabanas NUESTRAS tapándose. Entré y miró con cara de circunstancia.

Antes de irme como había entrado al girar la cabeza vi nuestro portarretrato con esa foto que elegimos revelar porque queríamos tener una de las del principio para recordar siempre ese día, ese que quisimos ponerlo en la parte de atrás, cosa de no arruinar la foto, como para no olvidarnos. Por si las dudas, digamos.

Vi ese portarretrato, decía, y lo tiré al piso.
Agarre la foto rápido y la rompí, y ahí sí me fui (también rápido) y de un portazo.
Vos saliste de la habitación, y no tuviste mejor idea que decirme: “Esperá, Martina, no seas boluda, vení!”.

“No seas boluda, vení”, ¿me decís? ¿En serio me cagas y en nuestro departamento y tenés la puta cara decirme que YO no sea boluda? Igual tenés razón, tenés razón. Yo soy la boluda. La boluda y cornuda. La boluda que confío, la boluda enamorada, la boluda que esperaba ser feliz por mucho tiempo más, la boluda que te ama, la boluda que pensaba que vos también, que nunca harías tal cosa, que cómo, que qué bueno que sos distinto, qué bueno que te encontré. Tenés razón, yo soy la boluda. Porque cómo no me di cuenta, si era tan, tan, ¡TAN OBVIO!

Desde que pasó eso a ahora, que estoy escribiendo esto, pasaron cuatro horas. Escribo esto como para tratar de entender que estas a lágrimas no me las gané, que me vinieron con el combo, como de prepo y sin preguntarme si realmente lo deseaba agrandar o prefería dejarlo así.

Hace cuatro horas que desde que me fui me venís llamando. Tengo 15 llamadas perdidas. La número 16 es la de ahora, en la que frené de escribir esto y te dije con la voz temblorosa intentando aparentar entereza: “no me llames nunca más sorete de mierda” y te corté. Espero haber sido lo suficientemente clara.



Ya pasaron tres días, y lo que en principio era una bronca incontenible ahora es una tristeza que me atraviesa entre el pecho y la garganta y no me deja respirar. El dolor, ahora, se hizo carne y yo sin querer fui lastimándola, y ahora sangra sin parar.

Espero que tus amigos sean lo suficientemente vivos para encontrar esto que escribí y avisarte que todavía entre toda esta tristeza, asoma la esperanza de que vengas a buscarme, acá a dónde la boluda ya sabes que está cuando no convive con vos, y me des una explicación de por qué, por qué Bruno, por qué hiciste esto, por qué decidiste darle un hachazo al amor que construimos y a la historia que estábamos formando, por qué si me amabas, porque si yo te amaba, si yo te amo, por qué decidiste buscar a alguien más, por qué justo a Agustina que sabes todo lo que me odia, por qué tan desprolijo y en nuestro departamento, por qué me arruinaste ese día y todos los días que siguieron, por qué mataste nuestro amor y cuándo fue que lo decidiste. Porque vos lo decidiste, decidiste matar (a) nuestro amor.

Y aún así todavía espero que vengas acá, con un perdón, uno sólo, y me digas que por favor vuelva, que sí me amas, que sos un re boludo y que te odias por eso pero que por favor vuelva con vos, que nos queda un montón por vivir, que nunca más, te juro que nunca más. Y entonces yo te perdono, porque sí, soy una boluda y te amo. Soy una boluda que te ama, y te extraña desde ese día todos los días.

Que vuelvas, quiero.
Aunque no sirva de nada, porque el daño ya está hecho.

05 junio, 2016

Bardo

No sé como te llamarás, y no importa,
no sé cómo serás, quizás morocho, un poco más alto que yo y flaco, no tanto igual, pero igual no importa.
No sé si cuando sonrías se te harán los hoyuelos a los costados de los cachetes, que es lo que más me gusta, porque lo hace tierno (te hace tierno), pero igual no, no importa.
Y tampoco importa qué edad tendremos cuando nos conozcamos, aunque espero que sea pronto.

No sé cuánto pasara hasta que nos enamoremos ni cómo será, o qué cosas sentiré con tus besos, tus abrazos y tus palabras.
Y no sé si tendré palabras, y es por eso que (te) escribo ahora.

Porque escribir es mi forma de eternizar cosas, momentos y/o personas, y de expresar las más diversas sensaciones y sentimientos. Porque no tener palabras es que nada te alcance para poder decir lo que querés decir, como lo querés decir. Que nada alcance de lo que pueda decir para expresar qué y quién sos para mi, y qué significas en mi vida. Porque las palabras son mi forma de vivir la vida.
Porque escribir es darle palabras a lo que no tiene voz: el amor.

Escribir es mi forma de saber que yo soy esto,
y que cuando algo me duele o cuando amo o cuando estoy triste,
o cuando estoy feliz,
o cuando simplemente estoy y soy, y nada más
y no tengo ninguna emoción o sensación que me determine;
lo único que hago (siempre) es escribir.

Y entonces te escribo.
Te escribo porque si lo hago es porque me vas a hacer feliz,
o no, quizás no tanto.
Quizás me ilusione con vos, quizás piense que gustas de mí  y no de otra,
quizás después me sorprenda con que tenés novia.
Quizás lances alguna de las típicas frases, esas que se lanzan como queriendo evitar dolor y quedar bien al mismo tiempo pero sabiendo que es en vano,
"te mereces algo mejor"
"sos una buena piba, no te quiero lastimar".
Y qué me importa, y qué sabes qué me merezco o qué quiero, porque yo te quiero a vos y por mas buena que sea no te tengo, y por mas buena que sea no me querés, y por qué, por qué no me querés. Y sí, sí me estás lastimando.
Siempre igual en esos casos me consuela que igual ya te escribí y un poquito eternice esto que no empezó y ya terminó pero que igual valió la pena, porque es un motivo más para escribir(te).

Pero en mi ideal vos me vas a hacer feliz, te vas a enamorar de mi y me vas a amar.
Y entonces yo te escribo.
Y entonces olvidate de lo anterior, era por si acaso, porque me queres así que eso no importa y lo que tenes que leer en realidad es lo que sigue ahora.



Me voy a presentar, brevemente, y entonces vos después sabrás que hacer con eso.
Ésta soy yo:

Yo soy (un poco) inmadura, caprichosa, celosa, desconfiada y vivo con miedo a dejar que me quieran y querer y que me rompan de nuevo. Porque bastante me cuesta reconstruirme después, ¿sabes?
Soy muy desordenada, llego tarde a todos lados porque aunque no quiera siempre hay algo que me atrasa, es como algo que no puede (ni puedo) cambiar.
No sé cocinar (nada sé cocinar, nada, nada, bueno, sí hamburguesas y salchichas para hacer panchos pero eso nunca cuenta porque quién no sabe) y no me gusta tampoco igual.
Siempre tengo alguna preocupación o problema, lloro a veces pero siempre voy a sonreír para que nadie se de cuenta, así capaz tapo un poquito las lagrimas.
No sé muy bien que quiero, no tengo nada fijo, certero, concreto y eso me preocupa, pero no tanto como para juntar la voluntad para cambiarlo.
Siempre me levanto de buen humor, sea lo que sea que este pasando (excepto que sea algo grave). Y no sé disimular si estoy de mal humor o algo/alguien me pone de mal humor.
Soy muy sincera, y eso a veces no es tan bueno porque suelo ser bastante hiriente si te estoy diciendo algo que no querés escuchar.
Me gusta ayudar y hacer reír a los demás, y voy a hacer todo lo que pueda para lograrlo.
No me doy por vencida cuando quiero que algo pase hasta que pase.
No sé vivir pensando en el futuro porque me preocupa bastante el presente así que no me pidas que planifique mi vida con vos porque bastante me cuesta sostenerla ahora, y porque igual sin que me lo pidas seguro lo termine haciendo.
Me es muy dificil estar en una relación sin catalogarla, sin definirla o titularla, no sé. Etiquetas, que le dicen. Así que no juegues conmigo, no me uses, no me la juegues de novio y después me digas que no queres nada serio, no pienses que no me voy a dar cuenta si lo hacés, porque sí, me voy a dar cuenta. Porque siempre me doy cuenta.
Sé que quiero tener hijos, pensé en nombres que me gustan y los definí como los nombres que les pondría a mis hijos cuando algún día los tenga pero seguramente cambie de opinión porque nunca termino conformándome del todo con nada.
Casarme? No sé, quizás sí, quizás no, pero no sueño entrar al altar vestida de blanco ni que me tiren arroz a la salida, y ese estilo de cosas. Y tampoco creo que un papel sea algo que selle el amor porque el amor no entiende de papeles. El amor son gestos, acciones, demostraciones, y el hecho de elegir a esa persona día a día.

En síntesis: soy un bardo. Un quilombo.
Y es difícil describirme o presentarme porque nunca sé muy bien qué decir, qué soy o quiero ser, qué me gusta y cómo, porque a veces hasta yo no lo tengo muy claro.
Y está muy bien, igual. Porque quién tiene las cosas tan claras, ¿no? Si la vida es dudar de todo, hasta de lo que crees que tenes claro.

Pero si después de haber conocido todo eso, vos me seguís eligiendo y me querés igual; ya está, hice todo bien, y te voy a hacer feliz, y te voy a querer como si nunca nadie lo hubiese hecho antes, y como si nunca nadie me haya roto el corazón porque cuando te rompen el corazón cuesta un poco volver a empezar.

Si me queres igual, voy a ser menos caprichosa, menos celosa, menos desconfiada, más ordenada, llegar un poco más puntual, tratar de tener menos problemas y no llorar tanto o no disimularlo cuando te veo, con una sonrisa, casi como si pudiera manejarlo, y voy a llorar con vos.

Si me queres igual, no te voy a escribir solo esto ahora que no sé quién sos, te voy a escribir mucho, constantemente y sin ningún motivo en particular, solo para recordarte que yo también te quiero. Algunas veces te lo voy a mostrar, otras solo serán cosas que queden para mí. También voy a querer que nadie más lo haga, porque que se busquen otra forma de quererte, esa es mi forma. Es la única que me sale.

Si me queres igual voy a dejar de arruinar las situaciones con ataques de celos, con la necesidad de la certeza de saber qué somos y la inseguridad que me golpea entre el pecho y la garganta diciéndome "no seas boluda, éste también te va a usar".

Porque vos no me vas a usar ¿no?

Si me queres igual voy a pensar menos cosas como que todo esto no tiene sentido y que nadie tiene que determinarme qué hacer o sentir y que yo tengo que ser lo que quiera ser por mi y no por vos ni por nadie, y voy a querer mas, sentir más con el corazón porque así es como se siente. El corazón que es ese que te dice que es ese y ninguno más, y que no importa todo lo que digas y pienses, él te va a decir que está bien que hagas eso y todo, porque es amor. El corazón, ese que le gana la pulseada a todo razonamiento cuando estás enamorado.

Porque el amor es así, irracional, y lo que escribís con la mano lo borras con el codo, te equivocas a cada paso, a veces lloras más de lo que reís, y te tropezas un poquito siempre pero siempre apostás y seguís apostando. Porque buscamos amor todo el tiempo, porque es lo que nos da sentido y vida a cada paso, y qué importa si hay o no mitades, si somos o no completos y nadie tiene que completarte, y todo lo demás que pienso o pensás, si sólo queremos amar. Y solo buscamos ser felices, y ser felices es poder amar y dejarse amar después de todo, y al principio también.
Porque la felicidad y el amor nunca van separados.
Y porque podre dudar de todo pero nunca voy a dudar que cuando llegues y nos enamoremos, yo te voy a querer igual aunque tengas una lista más larga de bardos y quilombos.





Y si leíste todo esto y elegís seguir acá, quizás amándome: vení, pasá, ponete cómodo, prende la tele, que yo hago unos mates y te cuento todo lo que te estuve esperando,
y tranquilo, yo te voy a amar un montón.