Ayer me levanté y supe que el día
iba a ser raro, que algo malo pasaría. Tenía un presentimiento –un mal
presentimiento- y lo único que quería y deseaba es que no tenga sentido.
Fantasmas, miedos sin razón aparente que suelen aparecer de tanto en tanto, de
esos que Bruno ya conocía a la perfección e intentaba ahuyentarlos de alguna
manera, de todas las maneras posibles en realidad.
La que mejor le salía era dándome un
beso cada vez que una lágrima producto de algún fantasma sin sentido amenazaba
con salir. Esos fantasmas, que aparecen comúnmente después de que te hayan roto
tanto el corazón, porque qué difícil matarlos.
Bruno. Bruno, el amor de mi vida. Morocho,
con algo de barba –ni mucho ni poco, la justa medida de lo que me gusta que
tengan a mí-, ojitos ni tan achinados ni tan saltones y color miel cuando les
da el sol y sonrisa seductora, porque era muy sexy cuando se reía.
Llevábamos saliendo once meses (nota al margen: gusto de escribir las cifras con letras en vez de con números).
Su nombre no empezaba con la letra
con la que comenzaban el común de los nombres de los chicos que alguna vez me
gustaron. Porque, por lo menos a mí, siempre me pasó de gustar de chicos cuyas
iniciales variaban entre las letras M, J y/o N. Siempre eh. No fallaba.
Hasta ahora.
Con él sentía que todo estaba en
orden, que por fin, que cómo valió la pena esperar(lo). Él apareció y mi vida
giró en 360° con una vuelta carnero y piruetas en el aire. Le dió color a mi
vida, esta vida que antes de su llegada estaba un poquito teñida de gris
después de tantos desencuentros, desamores y duelos que vivir.
Que
alguien aparezca y tiña de color tu vida no es un detalle menor ni posible de
olvidar.
Sabía que era el amor de su vida,
también. O al menos yo esperaba siempre que él piense que.
Una vez, en estos once meses, me
preguntó por qué o cómo es que estaba tan segura de que él era el mío, a lo que
yo respondí que sólo me bastaba mirarlo a los ojos y que se me dibuje una
sonrisa imposible de borrar, y sentir que a cada instante y cada día yo lo
amaba un poquito más. Sonrío, me besó de una manera tan tierna, tan dulce, tan
él y me dijo: “me encanta cuando sos
románticamente cursi, ¿sabes?”.
Me sentía bien con él, me sentía
querida, sentía que todo estaba bien, que por fin había encontrado la
estabilidad, emocional quizás al menos.
Hasta hoy.
Si, justo hoy.
Hoy que había salido de la facultad
tan feliz por haber aprobado un final que me llevó varias noches entre mates y
café -porque cuando tenés que rendir quedarte despierto y recurrir a algo que
te haga no dormirte entre las hojas es casi una ley: he aquí el mate y el café,
no juntos por supuesto-; y marcadores y muchas, muchas hojas.
Hoy que no solo aprobé que ya es
genial, sino que me quedo un diez. Diez, entendés. No lo podía creer.
Hoy, justo hoy.
Hoy entré a nuestro departamento,
contenta, tiré los apuntes en la mesa, corrí directo a la habitación a contarle
con una sonrisa y entusiasmada la noticia que tenía para darle.
Lo que sigue a continuación es digno
de una novela berreta de esas de la tarde en la que los autores se quedan sin
ideas y recurren a algo trillado, algo ya usado por muchos, por todos bah. Algo
que me parecía bastante improbable de que siempre, siempre ocurra en la
realidad. No es siempre, pero lo que siguió a continuación fue real, pasó y me
quise morir.
-Amor
no sabes lo que me sa… -y no pude terminar al abrir la puerta y ver eso.
Estabas en nuestra cama, Agustina sin ropa con las sabanas NUESTRAS tapándose. Entré
y miró con cara de circunstancia.
Antes de irme como había entrado al
girar la cabeza vi nuestro portarretrato con esa foto que elegimos revelar porque
queríamos tener una de las del principio para recordar siempre ese día, ese que
quisimos ponerlo en la parte de atrás, cosa de no arruinar la foto, como para
no olvidarnos. Por si las dudas, digamos.
Vi ese portarretrato, decía, y lo
tiré al piso.
Agarre la foto rápido y la rompí, y
ahí sí me fui (también rápido) y de un portazo.
Vos saliste de la habitación, y no
tuviste mejor idea que decirme: “Esperá,
Martina, no seas boluda, vení!”.
“No
seas boluda, vení”,
¿me decís? ¿En serio me cagas y en nuestro departamento y tenés la puta cara
decirme que YO no sea boluda? Igual tenés razón, tenés razón. Yo soy la boluda.
La boluda y cornuda. La boluda que confío, la boluda enamorada, la boluda que
esperaba ser feliz por mucho tiempo más, la boluda que te ama, la boluda que
pensaba que vos también, que nunca harías tal cosa, que cómo, que qué bueno que
sos distinto, qué bueno que te encontré. Tenés razón, yo soy la boluda. Porque
cómo no me di cuenta, si era tan, tan, ¡TAN OBVIO!
Desde que pasó eso a ahora, que
estoy escribiendo esto, pasaron cuatro horas. Escribo esto como para tratar de entender que estas a lágrimas
no me las gané, que me vinieron con el combo, como de prepo y sin
preguntarme si realmente lo deseaba agrandar o prefería dejarlo así.
Hace cuatro horas que desde que me
fui me venís llamando. Tengo 15 llamadas perdidas. La número 16 es la de ahora,
en la que frené de escribir esto y te dije con la voz temblorosa intentando aparentar
entereza: “no me llames nunca más sorete
de mierda” y te corté. Espero haber sido lo suficientemente clara.
…
Ya pasaron tres días, y lo que en principio era una bronca
incontenible ahora es una tristeza que me atraviesa entre el pecho y la
garganta y no me deja respirar. El dolor, ahora, se hizo carne y yo sin
querer fui lastimándola, y ahora sangra sin parar.
Espero que tus amigos sean lo suficientemente
vivos para encontrar esto que escribí y avisarte que todavía entre toda esta
tristeza, asoma la esperanza de que vengas a buscarme, acá a dónde la boluda ya
sabes que está cuando no convive con vos, y me des una explicación de por qué, por
qué Bruno, por qué hiciste esto, por qué decidiste darle un hachazo al amor que
construimos y a la historia que estábamos formando, por qué si me amabas,
porque si yo te amaba, si yo te amo, por qué decidiste buscar a alguien más,
por qué justo a Agustina que sabes todo lo que me odia, por qué tan desprolijo
y en nuestro departamento, por qué me arruinaste ese día y todos los días que
siguieron, por qué mataste nuestro amor y cuándo fue que lo decidiste. Porque
vos lo decidiste, decidiste matar (a) nuestro amor.
Y aún así todavía espero que vengas
acá, con un perdón, uno sólo, y me digas que por favor vuelva, que sí me amas,
que sos un re boludo y que te odias por eso pero que por favor vuelva con vos,
que nos queda un montón por vivir, que nunca
más, te juro que nunca más. Y entonces yo te perdono, porque sí, soy una
boluda y te amo. Soy una boluda que te ama, y te extraña desde ese día todos
los días.
Que vuelvas, quiero.
Aunque no sirva de nada,
porque el daño ya está hecho.