12 agosto, 2017

Todas las cosas por las que te admiro

Me dijeron que no podían hacer nada para que me duela menos pero que un día iba a dejar de doler. Me dijeron que mejor así, que vos estabas mejor así.
Me dijeron que me tenía que poner bien porque ya no sufrías más.
Me dijeron, también, que vos sabías todo lo que yo te quería. Y que vos me querías un montón a mí también.
Me dijeron que lo bueno de tocar fondo es que después solo podes salir a flote.
Me dijeron que después de todos días grises y llenos de nubes horribles que tapan la vista, solo queda que salga el sol. 
Me dijeron que, más adelante, solo iba a recordar las risas y los buenos momentos que nos quedaban.
Me dijeron eso y un montón de cosas, solo por el hecho de querer que sufra menos al saber que ya no estás acá. Y que hace cuatro años vos, tío, ya no estás acá. 

No sé por qué te escribo como si pudieras leer esto, quizás porque es más fácil pensar que en realidad sí, que en algún lugar vos estás leyendo esto, incluso mientras lo estoy escribiendo.

La muerte es eso que está ahí, ¿viste? Escondida un poco, pero presente todo el tiempo. Recordándote que está ahí, que en cualquier momento ella está ahí y puede decidir por vos sin importar cuán pronto sea, cuán injusto, sin importar cuánto disfrutaste y si pudiste (o no) despedirte de los que amás.

A veces la muerte es incluso más injusta y busca que sufras lo suficiente como para que sepas que además de morirte, la vida es eso: esperar, a veces, que llegue. Y entre médicos, y tratamientos, entre medicinas, entre llantos, entre "no me quiero morir", un día llega y el que se queda acá tiene que conformarse con que, al menos, el otro ya no sufre más. Y no basta. La ausencia duele a cada paso que damos.

Que injusta es la muerte, qué injusta es la vida a veces también.

Y yo te extraño tío, ¿sabes? Todos los días me acuerdo de algo que me hace acordar a vos, que me hace acordar a lo que nos hacía reír, que me hace acordar a las cosas que compartíamos, que me hace acordar a que ya no estás más. Y que llego el momento más triste, el más temido, que es que ya no me acuerdo tu voz. Ni tampoco de tu risa. 
Y duele, ¿sabés? Duele un montón.

Duele como la última vez que te ví en esa cama de ese hospital, conectado a esa maquina, ya dormido pero todavía acá, que no te pude decir todo lo que te amo, que solo pude decirte chau y darte un beso en la frente, y salir llorando. Que supe, te juro que supe, que era nuestra despedida.
Me queda el sabor amargo de la última vez que te vi y no te pude recordar que te amo tanto que te voy a recordar todos los días de mi vida.

Entonces por esto, por todo esto, te quiero recordar todas las cosas por las que te admiro.

Te admiro porque luchaste hasta el último día de tu vida.
Te admiro por tu fuerza, y tus ganas de vivir.
Te admiro porque sufriste mucho y seguiste, contra viento y marea.
Te admiro por todo el amor desinteresado que nos brindaste en vida. 
Te admiro por las enseñanzas que nos dejaste. Que me dejaste.
Te admiro porque luchaste por tus derechos en tiempos donde la discriminación y los prejuicios estaban a la orden del día.
Te admiro porque me enseñaste que el que te quiere, te quiere como sos, con tus ideas, tus defectos, tus luchas, tus fantasmas.
Te admiro por todo lo que hiciste en tu vida, por las ganas de saber todo el tiempo algo nuevo, por lo trabajador, por lo capaz, por lo inteligente.
Te admiro porque me hiciste más fuerte, me hiciste más sensible, me hiciste más luchadora a mí también.
Te admiro porque eras el amor con forma de persona, la personificación del amor más puro y genuino que alguien podría brindar(me).
Te admiro porque admirarte es, también, mi forma de decirte
Que gracias,
que te amo.
Que siempre vas a estar y siempre vas a ser mi mejor amigo.
Y una suma de recuerdos que te juro,
nunca,
nunca se van a borrar.

03 agosto, 2017

De cuando fui famosa por un ratito

Mis papás todavía estaban juntos y mamá había elegido anotarse para formar parte de una feria del barrio.  Los fines de semana, entonces, ella estaba ahí.

Desde el comienzo, estuve acompañándola. Ella vendía velas y jabones. Bueno, vendía a veces era una forma de decir. Pero, sin embargo, ella estaba ahí.

Yo iba algunos fines de semana, en principio. Iba todos los fines de semana, un poco después.

Un día, unos nenes me tocan el hombro y me dicen "¿Nos podemos sacar una foto con vos?" "¿Una foto? ¿Conmigo?". "Si, es que vos te parecés a una famosa". "¿Yo famosa? Bueno, dale", les digo. Y así fue cómo me saque una foto con dos nenes que no sabía quiénes eran, pero ellos pensaban que yo me parecía a alguien. Y estuvo bueno.


Estuvo bueno sentir que alguien quería tener una foto conmigo, que yo no era nadie pero que igual alguien quería tener una foto conmigo.


De chiquita, desde muy chiquita, yo jugaba a ser famosa.

Primero quería ser famosa siendo modelo. Agarraba los tacos de mi mamá, le pedía su vestido -el que usó para casarse- o quizás pedía que me compren, por favor, que me compren cositas de princesa. Me pintaba y desfilaba después por el corto pasillo del departamento en el que vivíamos en Villa Celina. Entonces se escuchaba "Ahí viene la super modelo, la más linda de todas, ¡Mailen!". Y ahí salía yo, toda chiquita, vestida como princesa, desfilando, tirando besos, moviendo la cadera, con tacos que me quedaban grandes y pintada muy mal.

Después, más de adolescente, pensé "ya sé, quiero ser actriz". Recién nos mudábamos al barrio donde vivimos actualmente, por lo que yo lo único que hacía era ir al colegio y volver a mi casa. Y entonces yo quería, realmente quería ser actriz. Entonces les pedí, les supliqué, les rogué a mis papas que me dejen ser actriz. Mis papas me bancaron y me dijeron que sea lo que quiera ser. Siempre soñaba con formar parte de Chiquititas o de ser actriz en alguna novela. Me miraba al espejo y fingía una escena.

Me enteré de un seminario de diez clases, casi gratuito creo pero no me acuerdo, donde te enseñaban un poquito cómo era y yo, que era nueva y no entendía nada de qué calles eran cuales ni cómo llegar, fui. Mi mamá me llevo algunas clases, después vivía cerca así que iba y volvía sola.
Las primeras clases nos enseñaban cosas como cómo concentrarse, cómo relajarse, cómo hacer uso de las emociones cuando una escena lo precisara, etc. Salí de ahí feliz y muy relajada.
Un día salí de ahí y me desorienté. No sabía cómo tenía que volver a mi casa. Estaba en la plaza así que decidí buscar a la policía. "Me perdí". "¿Cómo que te perdiste?" me dicen. "Si, tenia que volver a mi casa, me desoriente y me perdí". "Bueno, ¿tenés algun telefono para comunicarte?". "Sí, el de mi mamá o el de mi casa" "Bueno pasanoslo". Se los paso. "Tenés que esperar, ¿sí?". "Sí, pero ya me acordé como volver". "No, no te podes ir, tenes que esperar". Esperé a mi mamá, me dijo que cómo me voy a perder si era re fácil volver, yo le digo que me desoriente, que no me acordaba cómo volver. Me dijo mirá y aprendé el camino que te tenés que aprender a manejar sola tarde o temprano.

No volví a querer ser actriz.

(Aunque siempre quise ser parte de una novela de Cris Morena)

Estaba terminando el colegio. Descubrí por este entonces cuánto me gustaba escribir. Empecé a escribir, era malísimo lo que hacía. No escribí más.

Desde 1° a 3° cambié dos veces qué quería ser. "Quiero ser veterinaria" pensaba firmemente. "Si, me gustan mucho los animales, los quiero cuidar y salvarles la vida". Eso sostuve hasta que en el último año, desde la escuela, nos incentivaban a que busquemos de qué se trata la carrera que habíamos elegido y demás cosas. Ahí ví que no era color de rosas, que no iba a poder con todo eso.
En los meses siguientes dije "bueno, entonces voy a estudiar Diseño de Imagen y Sonido. Sí, eso. Me encanta, quiero hacer cortos, sacar fotos, todo me gusta". Terminé la escuela, me anote a esa carrera. Conocí cómo era ir a la facultad, conocí profesores -me enamoré de uno- y compañeros, también me enamoré de uno. No podía aprobar. No me iba bien. No me sentía bien nunca, la pasaba mal siempre.

Me tomé un año. Durante ese año busqué, en vano, trabajar. Nunca me llamaron.


Siempre me gustó inglés, siempre quise estudiar. Mamá me insistía en que busque algo que me guste, que no pasaba nada si no trabajaba, pero que busque algo que me guste y estudie.

Un día me acompañó, fui a preguntar para ser Maestra Jardinera. Salí del lugar esperando para inscribirme al Profesorado de ingles. En simultáneo, descubrí que la Psicología me despertaba una pasión que jamás había sentido por otra cosa -además de inglés-, entonces volví a anotarme para estudiar en la facultad. Me estanqué y no pude aprobar matemática del CBC.
No podía seguir, ya no podía seguir.
Otra vez.


Era muy piba para saber que quería hacer para toda mi vida. Nos exigen que decidamos toda nuestra vida de un año a otro, y es demasiado pronto para saberlo.

Ahora me anoté a Comunicacion Social y, también, estoy estudiando ingles.

Volví a escribir y sé que ahora, no lo voy a dejar.

Ya soy grande y no quiero ser famosa. 

Me basta con encontrar mi lugar, lo que quiero seguir en mi vida, ser lo suficientemente buena y útil en lo que sea que haga.

Pero un día.
Un día fui famosa por un ratito.