Me dijeron que me tenía que poner bien porque ya no sufrías más.
Me dijeron, también, que vos sabías todo lo que yo te quería. Y que vos me querías un montón a mí también.
Me dijeron que lo bueno de tocar fondo es que después solo podes salir a flote.
Me dijeron que después de todos días grises y llenos de nubes horribles que tapan la vista, solo queda que salga el sol.
Me dijeron que, más adelante, solo iba a recordar las risas y los buenos momentos que nos quedaban.
Me dijeron eso y un montón de cosas, solo por el hecho de querer que sufra menos al saber que ya no estás acá. Y que hace cuatro años vos, tío, ya no estás acá.
No sé por qué te escribo como si pudieras leer esto, quizás porque es más fácil pensar que en realidad sí, que en algún lugar vos estás leyendo esto, incluso mientras lo estoy escribiendo.
La muerte es eso que está ahí, ¿viste? Escondida un poco, pero presente todo el tiempo. Recordándote que está ahí, que en cualquier momento ella está ahí y puede decidir por vos sin importar cuán pronto sea, cuán injusto, sin importar cuánto disfrutaste y si pudiste (o no) despedirte de los que amás.
A veces la muerte es incluso más injusta y busca que sufras lo suficiente como para que sepas que además de morirte, la vida es eso: esperar, a veces, que llegue. Y entre médicos, y tratamientos, entre medicinas, entre llantos, entre "no me quiero morir", un día llega y el que se queda acá tiene que conformarse con que, al menos, el otro ya no sufre más. Y no basta. La ausencia duele a cada paso que damos.
Que injusta es la muerte, qué injusta es la vida a veces también.
Y yo te extraño tío, ¿sabes? Todos los días me acuerdo de algo que me hace acordar a vos, que me hace acordar a lo que nos hacía reír, que me hace acordar a las cosas que compartíamos, que me hace acordar a que ya no estás más. Y que llego el momento más triste, el más temido, que es que ya no me acuerdo tu voz. Ni tampoco de tu risa.
Y duele, ¿sabés? Duele un montón.
Duele como la última vez que te ví en esa cama de ese hospital, conectado a esa maquina, ya dormido pero todavía acá, que no te pude decir todo lo que te amo, que solo pude decirte chau y darte un beso en la frente, y salir llorando. Que supe, te juro que supe, que era nuestra despedida.
Me queda el sabor amargo de la última vez que te vi y no te pude recordar que te amo tanto que te voy a recordar todos los días de mi vida.
Entonces por esto, por todo esto, te quiero recordar todas las cosas por las que te admiro.
Te admiro porque luchaste hasta el último día de tu vida.
Te admiro por tu fuerza, y tus ganas de vivir.
Te admiro porque sufriste mucho y seguiste, contra viento y marea.
Te admiro por todo el amor desinteresado que nos brindaste en vida.
Te admiro por las enseñanzas que nos dejaste. Que me dejaste.
Te admiro porque luchaste por tus derechos en tiempos donde la discriminación y los prejuicios estaban a la orden del día.
Te admiro porque me enseñaste que el que te quiere, te quiere como sos, con tus ideas, tus defectos, tus luchas, tus fantasmas.
Te admiro por todo lo que hiciste en tu vida, por las ganas de saber todo el tiempo algo nuevo, por lo trabajador, por lo capaz, por lo inteligente.
Te admiro porque me hiciste más fuerte, me hiciste más sensible, me hiciste más luchadora a mí también.
Te admiro porque eras el amor con forma de persona, la personificación del amor más puro y genuino que alguien podría brindar(me).
Te admiro porque admirarte es, también, mi forma de decirte
Que gracias,
que te amo.
Que siempre vas a estar y siempre vas a ser mi mejor amigo.
Y una suma de recuerdos que te juro,
nunca,
nunca se van a borrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario