21 septiembre, 2016

Esos abrazos que curan el alma.

Me tomé el colectivo que me llevaría al trabajo y subí otra vez un poco enojada porque no tenía de los asientos de atrás de a uno, que son los asientos donde me gusta sentarme. Siento que tengo mejor visual, y que no molesto ni nadie me molesta a mí.
Eso es importante en cualquier día yendo a trabajar a las 8 am, es que nadie quiere ser molestado en lo posible porque nadie va con alegría y buena onda a trabajar. Nadie que no hace algo que quiere hacer, claro.

Y eso es un gran porcentaje de todos nosotros, porque, es obvio pero es difícil poder trabajar de lo que querés hoy.


En el viaje hacia mi trabajo, mientras puse la (poca pero necesaria) música que tenía en mi celular me puse a observar a la gente.

Había mucha gente, el colectivo cada vez se llenaba más. Gente grande que elegía los asientos que estaban en sentido contrario al movimiento del colectivo, de espaldas al chófer/colectivero. Nunca me puedo sentar ahí porque me mareo y me dan ganas de vomitar, y no entiendo cómo hay gente que los elige por voluntad propia pero.

Habia gente, decía, mucha gente. Un colectivo casi lleno, hombres y mujeres, alguna chica o chico adolescente, algún niño con uniforme de colegio, una pareja o dos de viejitos (uno de ellos quejándose de algo), una chica de unos 30 y pico de años que parecía querer estudiar pero no encontró asientos disponibles, gente que al ver el colectivo lleno elegía simplemente quedarse parada en el centro. Mujeres que se paraban al lado mio por la misma razón, en el único lugarcito libre que encontraron. Una chica que iba sentada, y otra que iba a su costado parada, que momentos después le tocó el hombro para saludarla porque al parecer la conocía, la chica que iba sentada parecía no querer saludarla y hacerlo solo por compromiso, porque no le quedaba otra.
Momentos después se paró y se bajó no antes sin que se dijera la típica frase forzada, no sentida ni buscada, de una de ellas "te escribo y arreglamos para encontrarnos! un gusto verte".

Y en eso vi a un hombre, que se subió cuando el colectivo iba mas despejado, menos gente y eligió ir en el centro del colectivo porque se bajaba enseguida, a lo mejor, o simplemente porque así lo quiso.
El hombre, momentos después estaba hablando por teléfono, no escuché la conversación porque la música estaba ocupando el lugar de mis oídos pero empezó a parecer alguien desesperado, alguien que estaba sufriendo con aquella conversación, alguien que recibía una noticia (o quizas una despedida) que no quería recibir, que no escuchaba lo que quería escuchar. La conversación duró apenas unos minutos, diez minutos como máximo.

El hombre corta el teléfono.

Yo seguí mirando con ganas de entender qué pasaba, buscando alguna explicación en su rostro, en sus movimientos, en sus manos, en algo que me explique qué es lo que le pasaba.

Momentos siguientes, el hombre empieza hacer el gesto de negación, esos gestos que hacemos cuando no querés creer o no podes entender algo que está pasando, y se larga a llorar.

Era un hombre grande, de unos seguro 60 años, frágil, llorando porque ya no podía contener su tristeza, sus lágrimas, porque no podía aguantar su angustia, porque le importaba muy poco la creencia estúpida de que los hombres no lloran, porque él era hombre y estaba llorando y sentía dolor. Y el dolor se expresa, tengas el sexo que tengas, por lo que sea y seas cómo seas.

Era un hombre frágil, roto por dentro en ese momento, tratando de entender una situación (que vaya a saber cuál era) que no podía entender.

Me quise imaginar distintas situaciones que podría estarle pasando, y la primera que se me vino a la mente es la muerte de algún ser querido, alguien que no esperaba que se fuera tan pronto. Porque, en realidad, nunca esperamos que se vaya nadie que queremos y siempre es demasiado pronto para que suceda tal cosa.

"Por qué justo a el/ella?" habrá pensando para sus adentros, mientras hacía el gesto de negación.
"No puedo creer, no aguanto más este nudo en la garganta" habrá pensado después, momentos antes de llorar.

O quizás se trataba una historia de amor que finalizó de alguna forma triste, quizás le rompieron el corazón, o lo dejaron, o lo reemplazaron, o quizás alguien lo estafó, quizás alguien querido lo traicionó. Tantas cosas podría ser que le pasaran a ese hombre que trataba de secarse las lágrimas pero le brotaban más.

Solemos pensar que entre las primeras cuestiones por las que alguien sufre, está el amor porque es una de las cosas principales por las que la gente llora, se desilusiona y se ilusiona nuevamente porque, aunque digamos que no, confiamos en que el amor está siempre y en todos lados. Y aún aunque pasen y pesen los años.

Y mientras tanto yo, ahí, con mi música abstraída pero bien despierta y consciente de que hay distintas situaciones, distintas personas, distintas historias, distintas formas de sentir y de vivir.

Estaba ahí, minúscula, en un mundo gigante de mil vueltas y de mil situaciones con millones de personas en el mundo, con unas cuántas en un colectivo yendo hacia un lugar donde iba siempre y observando una situación en particular, también minúscula pero que me marcó un poco el día, me angustió y me dio ganas de ayudar(lo).

"Y pensar que momentos antes cuando entré a este colectivo yo me estaba quejando por un asiento", pensé después, quejándome de mí misma. Nunca me detengo a observar, nadie lo hace, y el día que lo hago me doy cuenta de lo insignificante que pueden ser las pequeñas cosas de las que nos quejamos todos los días.

Y ahí estaba el hombre también, llorando con toda su angustia, con toda su tristeza, que ahora se bajó. Y yo quedé pensando en que, tal vez, lo único que necesitaba el hombre era un abrazo.


Porque a veces, solo a veces,
cuando las palabras sobran, cuando no es necesario decir nada,
un abrazo, 
en el momento preciso y de la persona que necesitamos, 
es lo que nos salva y nos llena un poquito el alma.