Yo estaba
sentada acá en este banco de esta plaza, que es como cualquier banco de
cualquier plaza. Es decir, no tenía nada en especial ni el banco ni la plaza.
Porque viste que a veces los bancos de las plazas almacenan más historias de las que parecen
o de las que uno puede llegar a saber.
Él no era un
pibe como ése, o aquel que va allá.
O éste, que
ahora se sentó al lado mío. Creo que está leyendo un libro de Sábato. Tengo ganas de preguntarle pero no tiene nada que ver.
Ni como el señor
que va con la señora que pasa y me ve escribiendo pensando en “qué escribirá esta chica”. O que qué hago acá sola, o a quién espero.
A nadie espero, señora. Bueno, sí, en realidad sí, a él.
No sé cómo
era, era así, él.
Y así,
siendo él, me gustaba tanto, tanto que pensaba cuánto tiempo pasaría para saberme
enamorada, para que me desacomodara el mundo, y las ideas (aunque igual un poco ya lo
hacía).
Tuvimos unos cuantos viajes en bondi juntos.
Como diez, o quince, o veinte. No los conté.
Nos sentábamos
allá atrás, en los asientos del fondo de todo, de éste lado, el que está más
cerca para bajar. Me pasaba una mano por atrás y me abrazaba.
Y con la otra
mano, nos agarrábamos de alguna forma muy rara.
Como cruzando las manos en una
V y medio inclinada hacia allá.
Creo que sería a la derecha.
Bueno, igual
no importa, detalles nomás.
Estábamos pegados, como si no quisiéramos separarnos ni un minuto.
Estábamos pegados, como si no quisiéramos separarnos ni un minuto.
Si estábamos
parados, nos poníamos en los huecos del medio, yo adelante y él atrás, yo de
espaldas y él mirando para la ventana, afuera, pero envolviéndome con sus
(a)brazos.
A veces
giraba, y lo sorprendía con algún beso.
Me gustaba
que, a pesar de la sorpresa, siempre me bese así, así de lindo.
Disfrutaba mucho los viajes con él, tenían esa magia que tienen todos los viajes cuando se le agrega esa cosita especial de estar con alguien que comienza a ser más importante de lo que podés dimensionar.
Sus labios
eran suaves y me encantaba que me quedara la sensación de que seguían junto a
los míos. Digo, esa sensación que te queda cuando besas mucho a alguien, y
sentís que seguís dando el beso. A veces, cuando estaba sola, me mordía el
labio, el de abajo, o me pasaba la mano porque era tan lindo que no quería que
se fuera eso que, por lo general, duraba algunas horas y después
había que renovarlo.
A veces se
me paspaban los labios de.
Qué molesto, pero qué lindo
igual.
Con él me
sentía más segura que con nadie. Me sentía protegida.
Era él, y yo era yo y
siendo nosotros, jugamos al juego de querernos sin condiciones, sin límites sin nada, no había nada más lindo que querernos. Así, sinceramente.
Sentía que
era el comienzo de algo tan, tan lindo que deseaba que nunca termine.
Sentía
que a él le pasaba exactamente lo mismo.
Bueno, eso
creía yo.
De repente, varios meses después, me dijo que sentía que no
podía estar más conmigo, que sentía que yo en el 'mientras tanto' en el que estábamos me estaba enamorando y sentía la
presión de no querer hacerme sufrir, que me quería mucho y de verdad, y que sentía cosas por mí pero que él no podía.
No sabía cómo querer así y no podía.
No sabía cómo querer así y no podía.
Que a lo mejor, lo mejor es que lo
dejáramos ahí.
Que él no podía darme lo que yo estaba buscando.
No entendía cómo hacía para quererme como me quería, y pensar que me podía hacer sufrir o que estar conmigo era una presión, presión que se agregó él solo.
Sólo pensé en que no tenía los huevos suficientes para enamorarse, y querer, de verdad.
Con el corazón y un poco más. Así, como lo quería yo. Con partes del cuerpo que no sabía que tenía, de formas que no sabían que existían, en todo momento, en todo lugar. Yo lo quería. Tenía ganas de decírselo. "Dale, no seas cagón, no nos hagas esto. Dejate querer. Dejame quererte".
Sólo pensé en que no tenía los huevos suficientes para enamorarse, y querer, de verdad.
Con el corazón y un poco más. Así, como lo quería yo. Con partes del cuerpo que no sabía que tenía, de formas que no sabían que existían, en todo momento, en todo lugar. Yo lo quería. Tenía ganas de decírselo. "Dale, no seas cagón, no nos hagas esto. Dejate querer. Dejame quererte".
Me molestó mucho que usara frases trilladas, tan de mierda como que "no quería hacerme sufrir" o que "no podía darme lo que yo estaba buscando". Tenía ganas de decírselo, también.
Pero igual, no dije una sola
palabra. Se quedó esperando que le dijera algo. Pero no le dije nada.
Me
levanté, controlando que las lágrimas no ganaran la batalla y pueda irme de ahí sin llorar me vestí, agarré mis cosas camino al living, y esperé a que fuera él. Me abrió la
puerta, me dijo si quería que me acompañara y viendo que seguía en silencio,
agregó que pensó que quería decirle algo.
Quería que dijera algo.
Pero, de nuevo, yo no hice
más que un 'no' con la cabeza y con las manos como un 'ya está'.
Me atinó a
saludar pero ya estaba caminando.
Caminando le
mando un mensaje a una amiga, contándole ésto.
Me dijo que tendría que haberle
dicho que siendo tibio nunca iba a hacer nada bien y que se estaba perdiendo mi amor, y que no sabía lo lindo
que era.
Cómo le gustan las cursilerías a mi amiga, sí, pero tenía razón.
Le dije que sentía como si el tiempo se hubiese parado en ese momento en que él me dijo que ya no quería saber de esta historia, que no entendía, que por qué, si nos queríamos tanto. O ¿es que todo lo que vi en sus ojos, ese brillo especial que le veía, era sólo una mentira, era sólo la forma de conseguir cómo coger? Le dije, también, que estaba entre enojada y triste. Enojada porque era un cagón que no se animaba a quererme. Y que no se dejaba querer. Y que tan bien la pasábamos y mirános, cómo puede irse todo a la mierda en cuestión de minutos. Me brotó el llanto y las ganas de sacarme todos los sentimientos de encima. Como si pudiera. Como si sirviera de algo.
En ese
estado, que ni siquiera se cómo decirle, esperaba el colectivo, y justo llegó, me subí, y decidí que tenía que mandarle un mensaje. Sabía que no debía pero un poco lo
necesitaba.
Como catarsis, al menos.
“Te voy a decir una cosa ya que me fui sin decirte
nada.
Me fui sin decirte nada porque no había lugar para que te dijera algo. Porque en realidad quería decirte todo. Tenía ganas irrefrenables de mandarte a cagar, por actuar así, por todo ésto que no lo entiendo. No lo entiendo porque estábamos bien, porque nos estábamos conociendo y estábamos bien, porque te estaba queriendo mucho y sinceramente y estábamos bien, porque en ningún momento te puse la presión de nada, porque sentiste una presión que nunca hubo. Porque sos un cagón que no te animas a amar, Ezequiel, eso pasa. Y siempre te dije, en el amor hay que jugársela. Hay que jugársela a todo o nada. O perdés. ¿O es que nunca me quisiste? Y todo esto qué fue, ¿un simulacro de dos que se quieren? Bah, de tu parte será, yo te quiero de verdad. ¿Por qué? ¿Por unos cuantos polvos? No te entiendo, pero bueno. En fin, nada, te la hago fácil. Que tengas suerte, Eze. En tu vida en general. Y ojalá alguna vez, o mejor dicho, ojala la próxima vez, con alguna próxima chica, te la juegues. Ojalá llegues a querer tanto al punto de querer jugártela, y llegues a amar a alguien. Jugátela alguna vez por alguien, ya que no lo hiciste conmigo. Un beso".
No me contestó. Obvio.
No supo qué, me dijo -un tiempo después- un amigo suyo.
Suyo y mío. En común, digamos.
Suyo y mío. En común, digamos.
Al cuarto o quinto o sexto día -no me acuerdo bien- de que pasara ésto, seguía esperando que él hiciera algo
para revertirlo. Algo, no sé, cualquier cosa.
Como volver y decirme que sí, que estaba dispuesto a jugársela y quererme de verdad, y enamorarse, y amarme.
Como volver y decirme que sí, que estaba dispuesto a jugársela y quererme de verdad, y enamorarse, y amarme.
Y sin embargo, en la espera cada día se hacía más difícil
seguir.
Ese día me
acordé que a una amiga que estaba triste por una de estas peleas con el novio,
un día le di un consejo:
“No tenes que esperar nada, ni a nadie. En
la espera aparecen (y pasan) las peores cosas. La decepción, por ejemplo. Y
decepcionarse es horrible, y ya lo sabrás vos”.
No seguí mi
propio consejo.
Nunca
seguimos nuestros propios consejos.
Somos
expertos en decir (y decirnos) cosas que después no hacemos.
Yo con vos seguía
esperando. Estaba acá, esperando.
No sé qué
esperaba. Seguramente vos ya estés en otra.
O con otra, lo que es peor.
Y yo te seguía
esperando. En éste banco y en ésta plaza, porque ¿viste que los bancos de las plazas tienen
historias?
Bueno, en
este banco fue la primera vez que nos vimos, la primera vez que nos besamos. La
primera vez que sentía que cuando me la jugaba por vos, por lo que sentía que
(nos) pasaba, estaba haciendo todo bien.
Tenía una
historia para contar. Una que no llego a ser, porque cuando no te la jugas, no
hay bancos ni plazas, no hay historias que valgan. Cuando no te la jugas, un
poco el amor se muere.
No el amor que sentís, el amor en general. El amor, ese sentimiento tan puro y lindo. Sentimiento al que la gente, en general, se sigue animando a confiar.
No el amor que sentís, el amor en general. El amor, ese sentimiento tan puro y lindo. Sentimiento al que la gente, en general, se sigue animando a confiar.
Pero yo
espero, igual, aunque esperar esté mal. O algo así.
Pasan los
años y sigo esperando.
Y es que, a lo mejor, vos un día te aburras de historias de
sábanas (de) desconocidas, saltando de cama en cama, noches sin sentido, que le digo.
Es que yo te quise, y te quiero.
Y es que igual yo, un poco, te espero.
Pero ya no quiero esperarte más.
Pero yo igual, un poco espero.
Espero que algún día te des cuenta que para amar hay que tener ganas y que a amar se aprende entre lágrimas y pifiadas, entre miedos e incertidumbres, entre corazones rotos e historias que no llegan a ningún final, y, sobre todo, entregándolo todo sin pedir, ni querer, ni tampoco esperar nada a cambio.
Espero que algún día te des cuenta que para amar hay que tener ganas y que a amar se aprende entre lágrimas y pifiadas, entre miedos e incertidumbres, entre corazones rotos e historias que no llegan a ningún final, y, sobre todo, entregándolo todo sin pedir, ni querer, ni tampoco esperar nada a cambio.
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