Cuando era chiquita tenía miedo a los juegos donde había que trepar. Me daba terror por ejemplo subirme a esos juegos donde tienen una escalera en horizontal y vos tenes que ir pasando mano a mano hasta llegar al otro lado. Pánico. No podía, simplemente no podía.
Quizás porque me costaba bajar la mirada y ver que abajo, entre mis pies y el suelo, había una gran distancia y que si me caía de ahí, me iba a doler.
Los castillos para subirse, treparse y subir y bajar también, eran otra cosa que odiaba y me daba miedo. Una vez, en unas vacaciones, les pedí a mis papas que me llevaran a los juegos y insistí en subirme a uno de esos castillos, uno bien alto, bien grande y lleno de nenes. No llegue hasta la mitad de la altura que le pedi, le rogue a mi mama, que me bajara de ahí.
¿Qué era lo que me daba miedo? ¿Lastimarme? ¿Caerme y quedarme sola? ¿El dolor? ¿Que mis papas se vayan y me dejen ahí, en ese castillito, para siempre? No sé.
Pero eso hizo que no pise un parque de diversiones hasta casi los veinte cuando unos amigos me dijeron (casi que me obligaron a) "Vamos al Parque de la Costa!".
Unos años antes, tan solo pensaba que ese lugar quedaba en la costa porque por qué se llamaría 'de la Costa' si está en otro lado donde no hay Costa ¿no?
El asunto es que no, y que el Parque de la Costa es un parque gigante gigante gigante lleno de gente y juegos que esta en Tigre, Provincia de Buenos Aires.
Entramos y lo primero que vimos es un lugar donde la gente se saca fotos al entrar, pero yo vi un poco más allá y vi un juego que es como una O con unos asientos y esos asientos giraban lentamente durante unos cuantos minutos. Vi que justo, justo cuando estaba mirando, el juego se detuvo y esas personas, las que estaban en el juego, estuvieron estancadas en el juego durante varios minutos.
Cuánto miedo habrán sentido, y cuánto miedo sentiría yo de haber estado en ese juego, de nunca más bajar. Mire bien en la punta, allá por el cielo, y vi que había una pareja y un nene y su madre y le dije a un amigo: "Qué linda manera de arrancar el día si te subís a ese juego y te pasas toda la tarde ahí arriba mirando al suelo queriéndote morir porque estas re lejos y pagaste un montón para quedarte en el mismo lugar toda la tarde". Mi amigo sonrío.
Corro la vista de ese juego, y veo otro, donde dos personas con seguridad se tiran como de paracaídas y se hamacan. ¿En serio la gente es tan valiente? -pensé -O ¿yo soy muy cagona?
Y si comiste antes preparate, porque lindo va a ser lo que va a pasar después.
Por el tipo de entradas -las más barata, obvio- que sacamos solo podíamos ir a unos pocos juegos. Zamba, sillas voladoras y alguno más. No incluía ninguna montaña rusa ni ningún juego de esos que te querés morir de lo rápido que va. Agradecida, yo.
-Me puedo llegar a morir si me subo a unas de esas montañas -le digo a uno de mis amigos mirando las montañas rusas gigantes.
-Ah, no seas exagerada, ¿queres? No es para tanto.
-No, boludo, en serio. Pánico.
Tiempo después, volvimos a ir y pagamos el boleto siguiente en precio al que habíamos comprado que incluía alguna de las montañas rusas, los barquitos donde te mojabas un montón y esas cosas.
Mis amigos, por supuesto, optaron por ir a la montaña rusa. Entre la fila que había y como iba viendo que la gente gritaba sentía como si mi alma quisiera salir corriendo pero mi cuerpo igual seguía ahí. Pasaron dos horas de fila -sí, dos horas de fila- y nos tocó a nosotros.
Éramos cuatro: 2 en unos asientos y 2 en otros. Miedo.
Terminó y me di cuenta que ya no tenía más miedo porque de hecho: ¡me encantó!
-Otra vez, dale, otra vez!
-No, para emoción vamos a otro juego y después volvemos.
(Igual era de las más bajitas, de las más cercanas al suelo. Porque sí, no tenemos tanta plata y la idea era pasarla bien. Y no, no soy tampoco tan valiente).
Uno de esos otros juegos fueron las sillas voladoras, me encantaban.
Podía pasarme una vida entera subiéndome a esas sillitas. Sentía cómo recuperaba toda una infancia que casi no había tenido por miedo a lastimarme.
Es que así somos las personas, ¿no?
No nos animamos a vivir las cosas desconocidas, las que nos dan miedo, las que nos dan un grado de desconfianza, las que quizás nos acercan a lo que no podemos manejar, no queremos lastimarnos ni queremos arriesgarnos a nada que nos lastime.
Nos queremos con los pies en la Tierra, bien enteritos, confiados de que todo va a estar bien porque para qué arriesgarse.
Así es el amor también. Como los parques de diversiones.
Te da miedo acercarte, ves como te puede llenar de un montón de sensaciones diferentes y aún así cómo todas esas sensaciones pueden llenarte de alegría.
Te animas a jugar con las reglas del juego.
"El que se enganche primero pierde". Perdés seguido te decís.
Pero, ojo, se juega con el amor.
No con las personas.
Y nos enteramos tarde, cuando ya estamos lastimados.
O cuando ya lastimamos a alguien más.
"El amor es como los parques de diversiones", aseguro ahora.
A veces salís lastimado.
Y ese es un precio que tenés que pagar.
Por estar vivo,
por animarte a sentir.
Por ser libre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario