Siempre solemos comenzar las historias con expectativas y ilusiones de que todo va a ir bien, de que todo es lindo, todo se puede, porque el amor lo puede todo, que puede tener complicaciones pero que siempre gana por sobre todas las cosas y cosas así.
Bueno, el amor no todo lo puede. Algunas veces no puede nada. No basta.
No podes nunca construir toda una historia de amor en simples expectativas, ilusiones y esperanzas. Y las relaciones no se construyen, no son un edificio, no se recuperan, no se retienen, no se llenan con regalos o con intentos y más intentos. Son sentimientos. Los sentimientos están o no. Y si no hay amor, no hay nada.
Fernanda era una asumida amante del amor, una Susanita cualquiera, una confesada cursi que no le importaba más que su novio. En serio, no es exagerado, de lo único que nos hablaba y lo único que le importaba era su novio. Siempre le dije que no era una buena forma de vivir el amor la que tenía, y ella se enojaba. Hasta que deje de decírselo porque no entendía y solamente generaba discusiones entre nosotras.
Desde que nos hicimos amigas, hace cuatro años, que Fer está con Mauro. Nos lo presentó al cabo del año por miedo a quién sabe qué cosa, quizás porque antes era apresurado para presentárnoslo a su grupo de mejores amigas y arriesgarse a las criticas -buenas o malas- tan tempranamente, sin siquiera tener algo del todo sólido.
Lo conocimos a Mauro, y nos cayó bien pero había algo que notábamos de la mirada de él a ella que no era la misma que ella tenía con el. Fernanda estaba muerta de amor por Mauro, y Mauro... Y Mauro la quería mucho y estaba bien. Eso se veía. Eso presentimos.
Tenía miedo de pensarlo pero supe que, un tiempo después, iba a ser él quien le rompa el corazón a nuestra amiga.
Fernanda desapareció de nuestro grupo al cabo de un tiempo, no la vimos más porque la relación la consumió o algo así, y solamente estaba con y para él, todo el tiempo y a todos lados. A nosotras nos molestó al notar esto, y en principio la llamábamos buscando que siga viéndonos, diciéndole que podía convivir con las dos cosas, que una cosa no quitaba la otra, podía divertirse con nosotras, tomar algo juntas, almorzar, cenar o lo que sea y a su vez estar de novia, que no entendíamos qué concepto raro del amor tenía pero que eso claramente no era amor si la distanciaba de su otro circulo más cercano: sus amigas. O su familia. O cualquier otra persona de su entorno. Que su vida no podía girar en él y solo en él, que también necesitaban sus espacios propios.
Era como hablarle a la pared.
Era como hablarle a la pared.
La volvimos a ver ayer, cuando un día antes nos mandó un audio al grupo después de siglos sin saber de ella, casi llorando, porque Mauro la había dejado.
- Le dije que iba a estar bien y le mentí porque no puedo- nos dice Fer con voz triste, entre otras cosas, en el audio de 5 min 45 seg que nos mandó- Necesito verlas chicas por favor. Sé que estuve ausente, que se sintieron desplazadas y de hecho sé que las desplace un poco, sé que estuvo mal pero Mauro para mí era todo, hace cuatro años que Mauro para mí es todo, sabe todo de mí, es como la palma de mi mano. Y ya no está. Y me quedan ustedes, y las necesito, con todo mi corazón, las necesito -sigue diciéndonos ahora llorando.
Entendíamos que no era momento para quejarnos de lo poco que le interesó nuestra amistad en el año y medio último, que nos necesitaba, que ella a pesar de todo era nuestra mejor amiga y nos necesitaba. Arreglamos para vernos ayer y Fernanda no podía más, no tenía brillo propio porque se lo había quitado todo todo la relación con Mauro. Traté de decirle algunas cosas como que entendía que era una relación de muchos años, que era mucho para ella, que el amor que se tuvieron existió y que a pesar de vivirlo de una forma (tan) absorbente como la que lo vivió y de que no exista nadie más para ella ese amor iba a seguir siendo en tanto forme parte de su historia y eso iba a ser para siempre, que le iba a enseñar nuevas formas de amar, que iba a poder amar de nuevo, y mejor. Que iba a estar bien, que nunca nadie se murió por amor y no iba a ser el primer caso. Y que no le puedo dar fórmulas mágicas para que le deje de doler, que no se le iba a pasar de un día para el otro, que iba a ser así, doloroso, hasta que un día ya no, hasta que un día se despierte y sonría al recordar que esa historia existió y que no duele más, ya no más.
Fernanda me abrazó y me dijo que siempre tenía las palabras que necesitaba y que era de las mejores personas que tuvo la suerte de conocer, que la perdone, que me dejó en banda, y que sabía que eso me dolía, que nunca más en serio nunca más, yo me emocioné y le dije que la entendía, que no me diga nada más que me iba a largar a llorar y no daba. Nos reímos.
Fernanda me abrazó y me dijo que siempre tenía las palabras que necesitaba y que era de las mejores personas que tuvo la suerte de conocer, que la perdone, que me dejó en banda, y que sabía que eso me dolía, que nunca más en serio nunca más, yo me emocioné y le dije que la entendía, que no me diga nada más que me iba a largar a llorar y no daba. Nos reímos.
Pero Fernanda lloró muchas veces más, y algunas hasta quedarse sin aire, y se distanció un poco de nuevo de todas nosotras, nos decía que necesitaba estar un poco sola, transitar todo esto sola, que no se sentía bien con lo apagada que estaba sin poder reírse con nosotras, no se sentía bien con la lástima que le inspiraba a la gente cuando decía que la habían dejado ni con las preguntas de por qué, cómo, ¿por otra fue? Necesitaba tiempo para resurgir de las cenizas que quedaban de lo que era, cual Ave Fenix.
- No encajo en todo lo feliz que son ustedes y todo lo triste que estoy yo, chicas, perdón, necesito tiempo- nos dijo.
Mauro la dejó por alguien más, eso ya lo sabía, y no entendía por qué esperó tanto para finalmente romperle el corazón de esa forma.
Y a Fernanda no le quedaba otra opción que la tristeza. Lo triste de la tristeza es que te empuja a quedarte ahí, para siempre. -Vení, pasa, acomodate -te dice. Y Fernanda era una persona triste ahora, y no hay nada más triste que una persona que está triste y se queda, ahí, en la tristeza. Se acomodó en la tristeza y ahora solo le quedaba empezar a sentirse incómoda e irse. Huir de ahí.
Y a Fernanda no le quedaba otra opción que la tristeza. Lo triste de la tristeza es que te empuja a quedarte ahí, para siempre. -Vení, pasa, acomodate -te dice. Y Fernanda era una persona triste ahora, y no hay nada más triste que una persona que está triste y se queda, ahí, en la tristeza. Se acomodó en la tristeza y ahora solo le quedaba empezar a sentirse incómoda e irse. Huir de ahí.
Y Fernanda un día se levantó y ya no lloraba, ya no se acordaba lo que era acostarse con dolor en el pecho, ya no estaba más triste, ya no miraba las cartas de Mauro, ya no extrañaba su perfume, ya está. Sonreía y era feliz. "Fue amor", se dijo, "pero fue.
Y yo tengo que seguir".
Y yo tengo que seguir".
Y se enamoró (de nuevo).
Y se dio cuenta de que era amor.
Que lo miraba a los ojos,
y era amor.
Y que así es el amor; se empieza todos los días de nuevo.
Y así somos nosotros intentándolo.
Con una sonrisa juntando nuestras partecitas rotas e intentándolo.
Otra vez y otra vez.
Y otra vez.
Y así somos nosotros intentándolo.
Con una sonrisa juntando nuestras partecitas rotas e intentándolo.
Otra vez y otra vez.
Y otra vez.
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