24 junio, 2017

Disney

Cuando era chiquita veía cómo algunos de mis compañeros de la escuela, pese a todo lo que significa, se iban de viaje a Disney, sus padres les pagaban el viaje y eso era lo mejor que podían hacer por ellos. Podían ser los peores padres del mundo, los más ausentes, las personas más detestables pero si les pagaban el viaje, entonces inmediatamente se convertían en lo mejor del mundo.
Decís Disney y sabés que no hay un lugar más feliz que ese, o lo queres creer así. Con personajes, con lugares característicos de cuando eras chiquito, un lugar que te permitía soñar y dejar de pensar que, después, vos volves a tu lugar, que después volvés a enojarte con tus papás porque le dieron un regalo a tu hermano/a y a vos no, que después vos volvés a la escuela y la odiás porque todos te excluyen, que después el chico que te gusta te rompe el corazón. 
Otra vez. 
En Disney todo parece lindo, todo es genial, todo es mágico.

Una vez creí que la felicidad era que un chico te quiera y que para tus compañeros seas lo más, y todos quieran ser tus amigos. Tiempo después me di cuenta que la felicidad es encontrar y rodearte de gente que vale la pena, que te acompaña y que no te deja de acompañar si tus circunstancias cambian, y que podés estar con alguien y ser muy feliz o podes estar con alguien y ser una persona profundamente triste.

Una vez creí que mi vida no cambiaría sustancialmente de un día para el otro, porque después de todo nunca me faltó un plato de comida y un lugar donde vivir y me di cuenta que las personas, las que están al lado tuyo bien cerquita, importan a veces mucho más que lo material que tenes. Podes ser la persona más millonaria del mundo, tener todos los días lo que quieras sin importar cuánto cueste eso y estar completamente solo, y eso te marca para siempre.

Las personas que están te marcan, las personas que se van mucho más.

Muchas veces me sentí sola. Muchas veces me pregunté cuándo fue que me convertí en esto que soy hoy: desconfiada, cerrada, a veces amarga, a veces feliz por un ratito, cuándo es que me arme de un escudo imaginario que me protegiera de que no me lastimen, como si se pudiera, y no dejé entrar a nadie más. 

Muchas veces me quejé de los cuentos y la forma en que nos vendían el amor a todos, ese que sana, que cura, que es lo mejor que te puede pasar, que si nadie te quiere, que si estás solo, que si a partir de cierta edad no formaste tu familia, no te asentaste, sos una persona triste, sola y que no tiene rumbo en la vida. Cuánta basura que nos vendieron y nosotros tuvimos que crecer con eso.

Muchas otras quise pensar al amor como algo que te salva la vida, que si encontraba alguien que me quiera todo lo demás se disipaba, desaparecía. Para siempre.
Como por arte de magia, como en Disney.

Es increíble que una persona pueda ser tu Disney. 
O tu infierno.

Y que muchas veces te quise olvidar un poco, y me encontré pensándote.
Pero me soltaste la mano.

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